Veinte años de Jazzman


Al mismo tiempo que las calles de Compostela se convierten en un hervidero (literalmente, con este calor) de turistas, un ejército artístico toma posiciones y hace de cada rincón un lugar mágico. Las polacas Agnieszka y Anna consiguen detener el paso. De blanco, el dúo de violinistas traslada esa conexión maternofilial al plano musical. Forman parte de ese ejército de más de un centenar de intérpretes (pintores, mimos y artistas de otras disciplinas) con licencia municipal para enamorar.

Hay propuestas para todas las medidas. Incluso al margen de ellas. Una de las que más sonrisas arranca a los pequeños es una cabra vivaracha que suele instalarse en el Obradoiro. La lograda marioneta no entiende de fronteras y consigue alegrar el paseo tanto a los niños de la ciudad como a los que la visitan desde los lugares más recónditos del mapa. Son los espectáculos a pie de calle. Llenos de talento, ingenio o exigidos. Porque mérito tienen también los que cada día se cubren el rostro con maquillaje, se visten el disfraz y aguantan la postura durante horas y horas. Al igual que esos jóvenes (algunos ya no tanto) que hacen levitar una bola de cristal o malabares sin perder la sonrisa, aún cuando el pase ha sido en balde y no reciben ni una mísera moneda. Ellos siguen regalando buen humor y amenizando la parada a conductores o las tardes en las plazas.

Pero, en este capítulo de alabanzas, si alguien merece mención especial es Jazzman. Él trajo un nuevo género a las calles de Santiago un verano como este, hace 20 años. Sin rostro ni edad, tocando música de todos los tiempos y poniendo la banda sonora al día a día con Hotel California, My Way o un solo magistral. ¡Por otros 20 más!.

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