Los de aquí


Las ciudades de avalancha turística son un cúmulo de contradicciones, de tensiones entre su vida interior, la real, la de todos los días, y la importada, la del mogollón, la que se apodera de los enclaves de cartelería y relumbrón, del fugaz visto y no visto. En su escala de cien mil habitantes cotidianos, Compostela vive esta esquizofrenia ciudadana con estrés al nivel, si no más, de Barcelona, Madrid y los destinos turísticos urbanos más demandados. Los balances de ocupación hotelera ya no sirven para medir la temperatura turística de la piedra del entorno de la Catedral porque Internet y los alquileres vacacionales han dinamitado de un día para otro el sistema clásico de alojamientos, así que nada como abrirse paso, casi a codazos, por el Obradoiro de las mil colas, Praterías o el Franco para constatar la monumental densidad humana del meollo. En medio de este paisaje de año en año más saturado -traten de imaginar el Xacobeo 2021-, no chirrían las voces que piden un trato preferente para «los de aquí» en el acceso a las muy disputadas exquisiteces que ofrece la ciudad a todo aquel que quiera, o pueda, saborearlas tras armarse de paciencia de cola en cola. La avidez por admirar el pórtico de la Gloria -espoleada por la incertidumbre sobre las visitas a partir de octubre- ha disparado ese sentimiento del derecho preferente de los de casa sobre las cosas de aquí. Pero Santiago, la Catedral y el Pórtico, que por algo son patrimonio de la humanidad, no pueden exigir certificado de empadronamiento. A «los de aquí» nos quedan los oasis cotidianos de la ciudad interior, el privilegio de los cien mil patrimonios propios que -algunos cada vez menos, es verdad- lucen en los aledaños del saturado neón turístico.

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