El patinete


En Cabot Cove, el pueblo ficticio y encantador de Se ha escrito un crimen, Jessica Fletcher se paseaba en bicicleta al tiempo que resolvía todos los crímenes del aparentemente apacible vecindario. En Wisteria Lane, la villa idílica de Mujeres desesperadas, Susan y amigas transitaban en potentes rancheras y aparcaban con comodidad en su ciudad. En la atractiva ciudad de Manhattan, la capacidad adquisitiva de Carrie Bradshaw en Sexo en Nueva York, la hacía moverse con soltura en los taxis de la gran manzana. Santiago también aspira a ser villa idílica, pueblo encantador y atractiva ciudad. Solo que aquí, la capacidad adquisitiva del vecino medio le permite costearse el taxi dos veces al año. El cariño a la vida propia reduce el ánimo de coger la bicicleta, y pensar en traerse una ranchera para aparcar en la ciudad genera una mezcla de ataque de risa y ansiedad.

Para facilitar la movilidad y en aras de esa ciudad de postal que quieren sus autoridades, se ha recordado a los compostelanos que cada dos horas hay que mover el coche aparcado de las calles del Ensanche, porque no se estaba cumpliendo la normativa de la ORA que obliga a esa rotación. Los trabajadores, que aquí no cobran lo que Carrie Bradshaw, no pueden dejar de traer el vehículo porque se les ha expulsado fuera de la ciudad; no pueden pagar un párking porque los precios son nivel Wisteria Lane; no pueden usar el transporte público porque no llegarían a su trabajo; y ahora no pueden ni utilizar la ORA porque salir en medio de la jornada a buscar aparcamiento queda feo delante del jefe. Pero oye, que siempre nos quedará el patinete.

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