El cadáver


No muy lejos del lugar donde trabajo, hay un pequeño edificio que se quedó a medio construir. Un buen día todo saltó por los aires, y muchos salieron huyendo: supongo que el promotor, el constructor, los operarios. Lleva tiempo abandonado. Lograron acabar la fachada, pero poco más. A veces me paro a observarlo, y lo veo ahí, absorto e inmóvil, como el cadáver de un escalador congelado a escasos metros de la cumbre. Pasan los días, y los meses, y los años, y ahí siguen dentro los tubos de colores, el material de trabajo, y también los cascotes y los escombros como las huellas imborrables de un desmoronamiento.

Ese edificio de la periferia de Santiago no es más que una insignificante ruina de las muchas que hay espolvoreadas por todas partes. Los restos de una época de esplendor traicionero, en la que se daban créditos igual que se descorchan botellas, y que nos dejó en herencia una dolorosísima y costosa resaca. Este jueves, por la mañana, me acerqué hasta el edificio. La puerta estaba precintada y me adentré por la rampa del garaje. Mis pasos eran desconfiados, cautelosos, como si temiera que hubiese alguien para darme un susto; tal vez estuvieran revoloteando los espíritus del promotor o del constructor, maldiciéndonos a todos, o del director de la sucursal, que tuvo que apechugar con el pufo. Pude oír mis pisadas, e incluso una lejana gotera, como un rumor. Finalmente, abandoné el lugar con la certeza de que el edificio estaba muerto. En la calle alguien había tirado al suelo el pasquín de un vidente que prometía solucionar todo tipo problemas con los negocios, y espantar a los espíritus malignos.

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