Las religiones


Hace meses, no recuerdo cuantos, me cité con un amigo al que no veía desde hacía tiempo. Quedamos en una cafetería del centro. Lo encontré algo más calvo y canoso, pero mucho más delgado. Al cabo de un rato, la conversación dio un giro extraño, como más solemne, y se hizo un silencio, esa pausa que antecede la revelación de los grandes acontecimientos. «¿Sabes una cosa?», dijo. Tal y como estaba formulada, esa pregunta solo podía conducir a una boda o una separación, o a un nacimiento o una muerte. Al cabo de unos segundos, liberó el secreto: «Me he hecho runner», confesó. No recuerdo qué le contesté en ese instante. No supe si abrazarlo o mandarlo al cuerno, o pedir un vaso de agua, porque me había sometido a un suspense absurdo. Mi amigo me dijo aquello como si me hubiera comunicado su conversión al islam. En cierta forma, las modas tienen algo de religioso. Siempre se profesa una fe inquebrantable. En lugar de comprarse una túnica y rezar arrodillado en una mezquita, me manda las fotos de sus nuevas zapatillas y del parque por el que ha corrido. Incluso me envía por whatsapp el pantallazo de una aplicación con la distancia recorrida, el tiempo y las calorías quemadas, como si fuera su médico o su preparador. Suelo contestarle. A veces le digo que estupendo, que ánimo, y hasta lo piropee una vez. «Estás hecho un toro», puse. Pero el otro día, de noche, a la hora de la cena, vibró mi móvil y abrí el mensaje. «9 km, 1h y 960 calorías», decía. Decidí contestarle, pero esta vez le mandé una foto. Era el bocadillo que acababa de prepararme. El lomo, el buen lomo, para mí, también es Dios.

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