Periodismo


Cuando yo empecé en esta noble profesión, los mayores te decían que las informaciones había que contrastarlas por cuatro fuentes distintas. A esas fuentes había que llamarlas a un teléfono fijo, muchas veces a una hora determinada si las querías pillar en casa. Cuando la Redacción de Santiago estaba en la Rúa do Vilar, era habitual que los protagonistas del día entrasen y saliesen del periódico y las conspiraciones se fraguaban al ritmo de un café disimuladas tras el humo de los cigarros. En Arousa, a los del mar los encontrabas al mediodía en el bar y había que tomarse un vino con ellos si querías la exclusiva. Los acuerdos de los plenos se publicaban dos días después, porque la vieja rotativa marcaba los horarios. Sin problema, nadie te lo iba a pisar en aquellos tiempos en los que no había Twitter y las fotos viajaban a la central en el autobús de línea. Eras el amo.

Recabar la información y enviarla para que se publique en la web en tiempo real acompañada de un sorprendente vídeo, escribir con estilo, publicar una noticia cuyo impacto dure algo más que un suspiro y descifrar los mensajes de los doscientos mil informadores que pululan por las redes sociales a la vez que dimite un ministro y nombran a otro, que esperas la entrada de un cuñado del rey en prisión, que tratas de saber quién era ese seleccionador de fútbol que ya no lo es, que recuerdas que hay un barco lleno de inmigrantes en el Mediterráneo y que rezas para que al menos una de esas sagradas cuatro fuentes te responda al wasap puede ser una jornada ordinaria en el nuevo periodismo. Pudo pasar ayer mismo, por ejemplo. Y sin embargo, qué hermoso oficio...

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