Esperas


Esta semana se conocía el caso de un vecino de Oia que lleva cuatro años en lista de espera para una intervención de columna en el hospital de Vigo. Cuatro años con sus doce meses y sus 365 días, aguardando mientras su movilidad y sus actividades diarias se ven tremendamente afectadas. De nada vale que Galicia tenga unas listas de espera muy inferiores a la media estatal, que aquí los pacientes aguarden unos dos meses y en Canarias lo hagan el doble. No puede justificarse que un enfermo deba aguardar cuatro años a pasar por el quirófano en un centro público.

Existe un listado de pacientes que no figuran en ningún registro pero que sufren sus patologías igual que el resto. Son aquellos que declinan acudir a un centro privado, porque confían más en la sanidad pública. El premio a esta confianza es caer en el limbo de las esperas. Si bien es pertinente excluir a estos enfermos cuando son ellos mismos los que piden aplazar la intervención, o cuando un nuevo problema de salud obliga a posponerla, no es legítimo hacerlo cuando quieren ser asistidos en el sistema público.

Y es mucho menos legítimo no conocer cuántas personas están en ese limbo, y cuánto han de aguardar. Tergiversa totalmente las demoras oficiales, que no son creíbles cuando existen estos casos.

Lo mismo ocurre con las agendas cerradas, tan habituales en los hospitales, y que no se justifican como práctica habitual. Pacientes que acuden al mostrador de citación con su petición para un especialista, y a quienes les dicen que vuelvan en unos meses, cuando se abran las agendas. Esos, obviamente, no están en ninguna lista, pero esperan con los mismos derechos.

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