En la noria


La noria coronando la Alameda anuncia la inminencia de la Ascensión. Ahora, para mantener recta esta columna, debería hilvanar una metáfora sobre el evocador aroma que emanan los peroles de latón en los que el azúcar caliente cobra forma de golosina. Pero estos renglones se inclinan sin remedio. Porque la imagen de una noria, incluso en una fotografía, siempre me trae a la memoria El tercer hombre, la grandiosa película de Carol Reed, esa que todos en algún momento de nuestra vida hemos atribuido a Orson Welles, tal vez por el tono o por el gusto que ambos compartían por esos abismales contrapicados. Así que esta noria compostelana también sirve de pretexto para recordar aquella vienesa de la película y tararear de paso la tintineante melodía de su banda sonora (que ahora tardaré unas horas en sacarme de encima).

Pero, en realidad, la noria era un pretexto para hablar de niños. De cómo los educamos. De cómo han cambiado las prioridades. De esa claudicación ante los caprichos que llaman sobreprotección, con la que contribuimos a liberar al mundo adolescentes consentidos que avanzarán por la vida con todas las papeletas para convertirse en adultos infantiloides. Lo saben. A los diez años (¿ocho?), un móvil de 600 euros mejor que el de sus padres. A los quince, ese viaje de ocho días a algún país que, en muchos casos, sus progenitores jamás pisarán. Así, hasta el coche bien equipado para celebrar la mayoría de edad. Sí, me dejo fuera lo demás, pero es que sobra.

Si su hijo aún va de su mano, llévelo a la noria o al tiovivo. Disfrute el momento antes de hacer todo eso que decimos que nosotros nunca haremos.

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