Líricas


Si la actividad cultural es, como debe, uno de los indicadores clave del desarrollo de una ciudad y de los niveles de bienestar de sus vecinos, no cabe otra conclusión: en Santiago corren malos tiempos para la lírica. La sobada frase de Brecht, convertida por Coppini en símbolo de la movida que en los 80 situó a Vigo en el epicentro de la eclosión cultural, define con rigor la anorexia que padece Compostela, una ciudad que otrora supo colocar a sus escenarios, con el impulso de las administraciones, en la ruta de los más reputados de España, muy por encima de su potencial socioeconómico y aprovechando la posición central de la capital y sus buenas infraestructuras para atraer públicos de toda Galicia. Con una trayectoria errática y sin una apuesta clara y amparada con recursos económicos para proyectar expresiones artísticas con rango suficiente, por calidad e innovación, para captar un interés que trascienda lo rutinario, la oferta cultural de Santiago pierde terreno frente a la de otras ciudades y ha dejado de ser la referencia de Galicia para ceder ese privilegio, como mínimo, a A Coruña. No hacía falta el reciente informe de la Fundación Contemporánea para constatarlo. Se ve a las claras por la dinámica diaria. Desde arriba, la inacción del Concello apenas será disimulada por grandes eventos promovidos desde la Xunta: los macrofestivales anuales O Son do Camiño hasta el 2021 bienvenidos sean, pero no cambian la dinámica. Desde abajo, tampoco corren buenos tiempos: la actividad cultural noctámbula en los pubs enmudece por la amenaza de la ley gallega de espectáculos. Golpes bajos para la lírica.

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