Los singulares de Santiago


En un mundo dominado por la manufacturación en serie. Plagado de marcos de cuadros RIBBA y muebles MALM del Ikea. En un país en el que una cazadora de cuero amarilla se puede convertir en una plaga, presa del viralismo voraz. Todavía queda espacio para la singularidad.

Hablo de esos sitios que no se parecen a ningún otro. Lugares únicos, que han sabido mantener su esencia, lo que los hace distintos al resto. Memorables. Hablo de O Abrigadoiro, un refugio de piedra y pórticos en su interior con techo de teja, donde hay desde una rueda de un molino a un abrevadero. Hablo del Momo, un pub que teletransporta al visitante a un callejón del casco histórico. Con su suelo de adoquines irregulares y hasta su propio paso de peatones, sumideros y hasta un picho de agua (no potable). Y ese jardín con vistas, un lugar inimaginable para quien no entrase antes a la morada del peregrino de pelo rebelde y su tortuga Casiopea, inseparables desde 1984.

Hablo también de los ultramarinos de Cervantes, donde José Luis te recibe a las nueve de la noche con la misma sonrisa con la que empezó el día, bromeando sobre el nombre de orquesta de la última borrasca, y puedes encontrar desde la caja de cereales a jamón ibérico. Hablo del banco acústico de la Alameda (los románticos lo conocen como el banco de los enamorados), un discreto asiento semicircular capaz de revelar los susurros de un extremo al otro. Hablo de estos y podría hablar de muchos otros que han logrado conservar la belleza de su singularidad. Espacios en los que conjugar yo, tú, él con nombres propios y mirar al nosotros, vosotros y ellos sin recelo.

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