La chica


Entró por sorpresa en la redacción pasadas las ocho, una hora en la que todo el mundo anda ensimismado. En administración se habían ido y aprovechó que alguien salía. Esa puerta solo se abre con un código. La gente viene al periódico a hablar de su libro, que diría Umbral, y en contadas ocasiones trae una noticia. «Hola», dijo de repente. Levanté la mirada y vi una joven con aspecto de recién licenciada. La saludé y me acerqué a ella. «Vengo a traer mi currículum», aclaró muy seria. Yo le hubiera dado un empleo por haberse saltado los filtros. El mundo es de los valientes. Pero había algo extraño en esa mirada. Me dio el folio con indiferencia, como el joven que entrega en la calle las octavillas con ofertas de los grandes centros comerciales. Tal vez dejaba aquel papel con la misma desesperanza con la que las personas echan cada semana su Bonoloto. Leí fugazmente su trayectoria: sus estudios, su experiencia, sus cursos, su máster. Da igual. Un currículum puede ser un certificado de defunción. En toda empresa hay un cajón donde los amontonan, unos encima de los otros, apilados, como una gran fosa de cadáveres universitarios.

Emma, mi compañera, fue con ella para que pudiese salir. De repente, pensé en los padres de la chica, en el esfuerzo que habrán hecho para pagarle los estudios. Y pensé, además, en que tengo dos hijos y que tal vez dentro de unos años ellos sean esa misma chica. Sentí mucha tristeza y me acerqué también hasta la puerta para despedirla, pero antes de que pudiese decir nada, Emma soltó la misma frase que iba a pronunciar yo. «Que tengas mucha suerte».

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