Bici, bus, moto


El vivo debate sobre un pronto destierro del vehículo privado de los dominios urbanos de Compostela para potenciar el transporte público y el uso de la bicicleta es pura falacia, un brindis al sol del gobierno local que, hoy por hoy, no va a ninguna parte porque se da de bruces con la realidad. La celebración del «día sin coches» es la prueba del algodón de que el Concello trata de hacer comulgar a los compostelanos con ruedas de molino, y claro, nadie traga: fracaso total. Y estoy seguro de que cualquier vecino estaría encantado de prescindir del coche para subirse al bus, o que aquellos más pudientes (me refiero en el aspecto físico, que en esta ciudad universitaria son multitud) disfrutarían de lo lindo yendo a su trabajo o a las aulas a pedaladas. Uno siente envidia cuando ve en muchas ciudades -no ya en otros países europeos que nos deslumbraban hace pocos años, sino también españolas, incluso aquí al lado- decenas y decenas de kilómetros de carril bici, mientras que en Compostela lo único que se ha hecho recientemente es habilitar catorce espacios avanzados de espera para ciclistas en pasos de peatones céntricos y puestos para aparcar bicis. Perfecto, sigamos con los 700 metros del carril bici de Fontiñas, desierto porque no llevan a ninguna parte. Igualmente, mientras el bus urbano no mejore aspectos como la puntualidad o la información a los usuarios, aquella pretensión histórica de ganarse al viajero de traje y corbata será una quimera, aunque le regalen el billete. Es obvio que toda medida habrá de ser encajada en el plan global de movilidad, otra «moto» que se prevé de largo y azaroso recorrido.

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