Los rituales de los peregrinos dejan huella al llegar a Santiago

En los últimos diez kilómetros del Camino, los romeros depositan todo tipo de recuerdos, desde fotografías a prendas de ropa

i. c.
santiago / la voz

Cruces hechas con ramas de árboles, pulseras, postales, fotografías, candados, sombreros y calzado. Estos son, entre muchos otros, los objetos depositados por los peregrinos en ciertos puntos del Camino Francés a su paso por Lavacolla hasta Santiago. Pequeños altares improvisados que se construyen en medio de un «buen camino» que los viajeros se desean entre sí con ilusión, y también cansancio, en la recta final que los llevará a pisar -y a algunos besar- el suelo de la Praza del Obradoiro.

El ruido próximo de los aviones permite intuir la llegada a Lavacolla, donde el sendero rodea la pista del aeropuerto y conduce hasta un bonito rincón por el que pasa el río y en el que hasta hace poco se acumulaban todo tipo de prendas y otros objetos. Hoy esta especie de santuario ya no existe, tras la limpieza que el Concello hizo del lugar el pasado diciembre. Sin embargo, es curioso observar cómo los caminantes todavía se sienten atraídos por el enclave y paran continuamente a hacerse fotografías en él. Desde ahí, el trayecto continúa hacia San Paio por pequeños senderos, donde una dedicatoria, escrita en papel y abandonada a su suerte en una esquina, hace detener el paso y leer: «En amor a la memoria de mi padre, hice el Camino por ti», escribió alguien llamado Greg. Al lado, varias cruces hechas en palo y cubiertas con hilo verde se sostienen sobre las ramas de unos árboles.

Son apenas las 11.30 horas y el cartel de «completo» ya luce en Casa Lavacolla. La iglesia de Sabugueira obliga a hacer un alto en el camino y la fuente de la capilla permite beber agua y pillar fuerzas antes de subir la cuesta que lleva hasta Vilamaior. Pero antes, al cruzar la carretera nacional, llama la atención un pequeño altar ubicado en la ladera del Camino, protegido por unas rejas, con una estatuilla de un santo en su interior y algunas piedras dejadas por los peregrinos, algo que también es frecuente ver en los distintos letreros que indican la dirección del Camino.

Quedan todavía diez kilómetros para el final. A través de una calzada asfaltada y rodeada de bosque que sube en cuesta se llega por fin a Vilamaior, una aldea que permite al peregrino adentrarse por completo en un ambiente rural, con olor a silo incluido y tractores que coinciden con el paso de los caminantes. Algunas casas se reparten por el lugar y tras un remanso de tranquilidad se llega al Club de Hípica La Lagunita, en San Marcos. Ahí, en la reja que rodea el recinto, se aglutinan de un lado a otro numerosas cruces. Poco se sabe del primero que decidió depositar justamente en ese punto un crucifijo, pero lo cierto es que basta con ver la valla para comprobar que son muchos los que han repetido la acción.

En la estatua

El recorrido sigue hacia el Monte do Gozo. En este momento, el «buen camino» se escucha aún con más frecuencia y emoción. Tras subir alguna cuesta y atravesar una pequeña urbanización, aparece la pequeña capilla que corona el monte y en la que varios artesanos reciben cada día a los viajeros, con sus monedas personalizadas, flautas, pulseras y hasta bolsos. Pero el caminante llega al monte con la intención de dejar su propio recuerdo, más que de llevarse uno. La estatua en honor a los peregrinos se erige sobre el monte y acumula los restos que depositan los romeros. «Es una forma de dejar huella», le dice un hombre a su acompañante, que también procede a desprenderse de su gorra. Y como ellos, son pocos los que se resisten a hacer este gesto. A escasos metros, otros romeros levantan varias cruces, hechas de nuevo con palos, creando un semicírculo en forma de ofrenda a las vistas que ya se pueden ver de la ciudad y que anuncian que la meta está muy cerca.

El descenso es rápido y, tras superar el paso por la defectuosa pasarela de madera que se levanta sobre la vía del tren en Ponte San Lázaro, aparece el conocido letrero que anuncia la llegada a Santiago. Un montón de botas, pegatinas, gorras y otras prendas de ropa impiden leer con facilidad las letras del cartel. Algunos se sorprenden al llegar al lugar y otros repiten el ritual de dejar algún objeto que los haya acompañado durante el recorrido, convirtiendo el cartel en el gran «altar» final del Camino Francés.

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