Empacho de carnaval


La semana pasada me topé con una señora mayor en la Rúa Nova que, ya caída la noche, bajaba la bolsa de basura en camisón, bata de casa y pantuflas. Y no era carnaval.

Hace unos días, por la avenida de Lugo, caminaba a primera hora de la mañana una drag queen con sus ropas abigarradas, sus plataformas y sus pelos de colores, todo hacía pensar que en retirada tras una larga noche de fiesta. Y no era carnaval.

Tampoco es carnaval cuando se celebra la fiesta del orgullo gay y los asistentes se ponen sus trajes más llamativos para bailar por las calles. Ni cuando se organiza la fiesta hortera de Porto do Son, ni cuando se agotan los trajes de vikingos de los bazares chinos para ir a la romería de Catoira ni cuando uno se viste de bufón para acudir a uno de los muchos mercados medievales que proliferan por Galicia.

Tampoco es carnaval cuando la gente se coloca un capirucho en la cabeza para ir de procesión; es Semana Santa. Ni cuando se viste de época para ir a Ribadavia; es la Festa da Istoria. Ni cuando se retrocede a la Belle Époque para disfrutar del Ribadeo Indiano.

Con todos estos antecedentes y muchos más, discúlpenme que ya nada me sorprenda en el entroido, por mucho que reconozca el humor de quien se disfraza de Manolo de Xaniño en su pilón o el acierto de quien con un simple pantalón de deportes emula a Rajoy en sus caminatas por Ribadumia.

Dicen que el de este año fue uno de los mejores desfiles de Santiago. Puede ser, no seré yo quien lo niegue porque no lo he visto. Tengo empacho de carnaval.

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