Los niños que ya no juegan en O Toural


Uno puede pasearse durante días por buena parte de las parroquias rurales del área de Santiago y no encontrarse un vecino menor de 20 años con el que mantener una charla. Lo habitual es no tropezarse con nadie, pero de dar con un individuo, es muy probable que cargue a sus espaldas con décadas de vida. Lo del abandono del campo ya lo sabíamos, y lo del envejecimiento de su población, también. Pero ahora resulta que en Galicia también es preocupante lo que pasa con las ciudades, que se están quedando sin niños.

Un estudio de la Unión Europea alerta de ese grave problema en Galicia. Resulta que Santiago se sitúa en el puesto 673 de las 946 urbes del continente con menos niños de 0 y 4 años. O sea, que estamos a la cola. Y como ocurre en las zonas rurales, no hay más que ir a un parque infantil para constatarlo. Pocos niños, y en general, por cada uno de ellos, dos padres, o dos abuelos, o los cuatro juntos para atender a un solo infante. Nada que ver con esa época que nos recuerda la tele todas las semanas en cada capítulo de Cuéntame.

Y ahí quería yo llegar. Por supuesto que las administraciones tienen que actuar ante este grave problema cuyas consecuencias sufrimos ya pero que se agravarán dentro de un par de décadas. Pero hay un fenómeno sociológico que va más allá de la falta de empleo para alimentar y vestir a los retoños o de la falta de tiempo para atenderlos. En los años 70, la plaza de O Toural estaba llena de niños que jugaban solos mientras sus padres trabajaban, hacían la compra, atendían el comercio o simplemente estaban en casa tranquilos sin preocuparse por el menor. Bastaba con pegarle un grito cuando la noche caía para que volviese a casa. Hoy en día eso es impensable. Es más, el progenitor que lo haga puede ser incluso denunciado por dejar al niño solo en la calle. La inseguridad ciudadana -la psicosis contagiada más que la real, porque Santiago no es una ciudad especialmente conflictiva-, impide criar un hijo sin sacarle el ojo de encima hasta que cumple los 14 años, de ahí lo complicado del asunto: o alguno de sus padres no trabaja -un lujo hoy en día-, o se dispone de unos abuelos relativamente jóvenes, desocupados y dispuestos, o la jornada se convierte en una contrarreloj con el menor todo el día entretenido e hipermotivado entre clases de inglés, piano y taekuondo. Ese es el panorama que se observa a diario en las calles de Santiago. Madres estresadas tirando del brazo de la criatura, padres en la puerta de la escuela de baile para recoger a sus retoños tras una dura jornada de trabajo, abuelos pluriempleados...

Un motivo más para sospechar que Santiago será, si no lo es ya, un escaparate para los turistas. Pero sigamos mirando para otro lado. Para Cuénteme, por ejemplo.

Por susana luaña CIUDADANA

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