«Jugaba a tocar como Ringo Starr»

El batería ha participado en los mejores proyectos musicales de Santiago


Santiago / La Voz

Sus vecinos de Montevideo todavía se acuerdan de Carlitos, el chaval que siempre molestaba a la hora de la siesta jugando a la pelota o aporreando unas latas como si fueran una batería. Como futbolista se hubiera retirado hace más de dos décadas sin pena ni gloria, pero este «urugalego» que llegó hace 35 años a Compostela se sigue ganando la vida como batería con dignidad, buen hacer y una agenda de amigos infinita. Me cita en A Quintana a las diez y pienso que tratándose de un músico y un periodista solo puede referirse a las diez de la noche, pero enseguida aclara que justo antes va a dejar a la niña en el colegio. Tiene dos hijas de 11 y 18 años que son compostelanas, como su mujer, veranea en Montalvo y admite que es un músico de vida atípica que ha participado en infinidad de proyectos, algunos con éxito y otros más fugaces, pero siempre con pasión y respeto por la música y con reverencia infinita por Frank Zappa y The Beatles: «De pequeño jugaba a tocar como Ringo Starr», confiesa.

En cierto modo lo ha conseguido. «En The Funkles soy Ringa Starr», dice con buen humor mañanero. Es toda la broma que se permite hacer con su último y más querido proyecto, un grupo en el que junto a cuatro chicas -Carolina Rubirosa, Ana Lucía Fernández, Iria Iglesias y Laura Solla- aborda los temas de los cuatro chicos fantásticos de Liverpool con toques de funk y soul y hasta en gallego, que sonó en el mítico local The Cavern durante la Beatleweek celebrada a orillas del río Mersey el pasado agosto.

Llegó a Galicia en 1981 persiguiendo faldas. No las de su mujer, a la que conoció años más tarde, pero ese fue el motivo por el que Arévalo vino a Santiago desde Canarias, donde se había establecido junto a tres amigos músicos que tenían novias isleñas estudiando en Compostela. Lo cuenta rápido, con naturalidad, pero algo tuvo que quedar prendado en la cabeza de este batería apodado El Pájaro porque pronto renunció al sol y a la música fácil del grupo Montevideo y a la movida madrileña, en la que aterrizó en 1978. Su amigo Leo Vignola le reservaba un puesto en Cucharada, la banda del fallecido Manolo Tena.

Pero Galicia le sonó bien. Alguien les contó que aquí las orquestas de las verbenas funcionaban y pagaban bien, «pero no eran como las de ahora. Tenían personalidad y se especializaban en distintos tipos de música», matiza Arévalo, que lo mismo atacaba una cumbia que un pasodoble, aunque sus manos suspirasen por tocar A hard day´s night.

Nicolás Soto, que ahora anda navegando por el Caribe, los acogió en el bajo de su casa de la Rúa Nova, donde empezaron a acumular un repertorio que ahora mismo es imposible de cuantificar. «Con Leo me miro, hacemos dos gestos, y ya nos sale el tema», sostiene. Se refiere a Leo Giannetto, otro uruguayo de los que llegaron persiguiendo faldas y que, además de ser un virtuoso de la guitarra, también se quedó en Santiago para siempre. Junto a Pablo Calleriza -voz y teclados- se han fusionado con las noches gallegas y es casi imposible no haberse topado en algún pub con la Banda de Nash, que tocó durante años en locales Vigo y ahora pace más por Compostela. «A veces tocamos los tres, otras quedo solo con Leo y hacemos un dúo con una guitarra y un cajón, sin más», explica Arévalo, quien además participa en una macroproyecto de tributo a Michael Jackson y hace siete años publicó un álbum en el que reunió a la Urugalega All Stars Band, con treinta artistas de Galicia y Uruguay.

Al baterista le vale cualquier formato si al menos un par de veces por semana puede estar cerca del público en un pequeño local, y es raro que no tengan algún invitado que se sume al concierto y que aprenda el oficio junto a ellos. Esa extraordinaria capacidad colaborativa permite entender que el nombre de Carlos Arévalo esté vinculado de alguna forma a los grupos más exitosos de la historia de Santiago, como Láser, Los Apóstoles o Clan Moriarty, o a músicos como Budiño, Cuchús Pimentel, Kin García o Abe Rábade, al que recuerda colándose en sus clases en la academia Estudio para aprender algún toque de batería.

Nombre. Carlos «Pájaro» Arévalo (Montevideo, 1958).

Profesión. Músico, batería.

Rincón elegido. La esquina de A Quintana donde está el café Literarios, uno de los locales que apuestan por la música en directo y en el que toca cada jueves.

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