El impagable Mestre Mateo


La exposición que ultima el Museo del Prado sobre el Mestre Mateo (Madrid, del 29 de noviembre al 26 de febrero) es un hito histórico. Como tal, puede marcar el final feliz de un proyecto laborioso que ha implicado a investigadores, a la propia Catedral y hasta a la familia Franco -propietaria de dos esculturas- sin olvidar la labor de años de mecenazgo y de estudios de la Fundación Barrié. A mi juicio, debería significar algo más: la catapulta definitiva para que Santiago deje de hablar en voz baja de su artista de cabecera, al que no hay que tener miedo de reivindicar aunque su extraordinario trabajo se feche en la transición de los siglos XII y XIII y de que exista una información biográfica exigua en comparación con otros portentos del arte bien documentados.

Nadie ni nada en 800 años ha eclipsado el poderío de una Catedral magnética. Conventos, iglesias, parques románticos, palacetes y edificios culturales son solo unos correctos secundarios de la seo, y se me ocurre que solo el talento que firmó una genialidad como el Pórtico de la Gloria y que le puso la puntilla al templo puede estar a la altura de su propia obra. Tintoretto prestigia a Venecia, y El Greco a Toledo, pero sus legados y el de sus escuelas están inmortalizados, reconocidos y explotados como se merecen, algo que aquí no ocurre a pesar del esfuerzo investigador y restaurador que, de momento, sigue arrodillado, como el Santo dos Croques. El Mestre Mateo se merece una pátina de color y un espacio o ruta vitalicia, como la pensión de cien maravedíes al año que le otorgó el rey Fernando II, que quiso gratificar lo impagable.

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