Paisajes en la edad adulta


Olivier Rolin, periodista y editor francés, publicó en el 2002 un maravilloso libro en el que narraba sus viajes a los territorios de infancia de algunos de los más célebres escritores. En ese relato trataba de demostrar cómo influyen los primeros años de aprendizaje en las obras literarias. Chicago en Hemingway, Buenos Aires en Borges o San Petersburgo en Nabokov. Rolin concluye que los autores, de forma consciente o inconsciente, nunca abandonan esos territorios. A finales del pasado mes de junio, cuando el verano daba sus primeros pasos, volvió a Santiago Juan Tallón (Viladervós, 1975) para presentar Mientras haya bares, su último libro. A veces pienso que, en realidad, nunca se ha marchado de esta ciudad, aunque viva ahora en Ourense, a cien kilómetros. Por fin he terminado de leer esta obra, poco a poco, cucharada a cucharada, como quien achica cada bocado en la sobremesa para disfrutar más de un postre.

Resulta asombroso cómo se puede transformar cualquier elemento cotidiano e intrascendente en un hecho definitivo y crucial. Algo que requiere humor, y quizás alguna facultad de orden taumatúrgico. Para quienes vivimos en Santiago, y conocemos bien esta ciudad, no puede entenderse gran parte de este libro sin saber lo que fue Compostela en la segunda mitad de la década de los noventa. En cierta forma, como Olivier Rolin con sus paisajes originarios, también hay aquí impreso un paisaje de otra edad, el de la edad adulta.

Al pasar esas páginas uno puede escuchar todavía a la multitud agolpada en la Calle Nueva uno de esos jueves de otoño en los que ya olía a castañas asadas y empezaba a hacer frío; saborear unos espagueti con tomate de bote y atún, un plato infame, pero que es al mundo universitario lo que una paella a un turista; recordar qué mal sabe el refresco cuándo empieza a perder el gas; recuperar aquel olor de las fotocopiadoras cuando se acercaban los exámenes de junio o añorar aquella chica que te dio un beso en un bar, casi sin darte cuenta, y que jamás volviste a ver. Hay también en este libro una belleza fugaz y la crónica de un tiempo, no muy lejano, en el que al abrir la nevera del piso alquilado lo único que te encontrabas era medio limón, agonizando, como pidiendo auxilio, y prácticamente disecado.

Esa estampa, que bien pudiera evocar un estadio de tristeza y miseria, era en realidad la foto fija de un tiempo feliz y desafiante, vertiginoso, y que creímos que duraría para siempre. En ese desengaño está también gran parte de su belleza. Así que, en cierta forma, tengo que darle las gracias a Juan Tallón por haberme escrito, sin querer, una parte de mis propias memorias.

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