Cuando las palabras se vuelven en contra


Se les llena la boca hablando de la nueva política y las nuevas formas de hacer política y hemos caído en lo de siempre, en el insulto fácil que no sirve más que para un par de titulares que ningún periodista responsable querría escribir. Martiño Noriega no es nuevo en la política, pero sí presume de hacer nueva política, y Agustín Hernández figura en esa sección amable del PP, un adjetivo que debería agradarle pero que él mismo manchó tras decir que el alcalde era «a faciana do fascismo amable», frase que el portavoz popular regaló al regidor después de que este considerase «parafascistas» las medidas sugeridas por Compostela Monumental para erradicar a los mendigos de O Toural.

Los dos quedaron en evidencia, algo que habrían evitado si hubiesen hecho caso de ese proverbio chino que pide que «tus palabras sean dignas del silencio que rompen». Porque llamarle a alguien fascista no sale gratis. A fuerza de repetirlo se convierte en costumbre y acaba perdiendo su significado original, lo cual es muy peligroso porque ya se sabe que la historia, si se olvida, se repite.

Hay muchas palabras que desgastamos alegremente sin ser conscientes de su punto de partida. Acabo de leer un tuit de un joven que llamaba «chusma» a quienes por la mañana le impidieron entrar en la facultad a causa de la huelga estudiantil. Y chusma es una palabra genovesa que se refiere a los remeros de las galeras, un colectivo que los habituales de los piquetes conocen de los tebeos de Astérix y poco más. Con la misma facilidad utilizamos el término «vándalo» como sinónimo de gamberro, cuando los vándalos eran un pueblo germano del siglo V que saquearon buena parte de la Península Ibérica. Algo así pasa con «energúmeno», vocablo griego que se refiere a las personas poseídas por los malos espíritus.

En fin, que ni Martiño Noriega ni Agustín Hernández, que yo sepa, tienen mucho que ver con la doctrina totalitaria y nacionalista que puso en marcha Mussolini en Italia tras la Primera Guerra Mundial. A no ser que sean agentes del Ministerio del tiempo, como Torquemada. Otra cosa es que el segundo considere demasiado autoritario al primero y que el primero piense lo mismo sobre las formas de la asociación de comerciantes.

Que lo dicho, que lo mismo que el medio ambiente nos devuelve en forma de ciclogénesis explosivas e inundaciones parte de los atentados que cometemos en su contra, también las palabras se vengan de nosotros cuando hacemos de las mismas usos inadecuados. Si lo sabrá Cospedal desde el día que dijo aquello de que «hemos trabajado mucho para saquear nuestro país» o cuando a Rajoy se le escapó que «lo que hemos hecho es engañar a la gente». Así que mejor, chitón.

Por Susana Luaña CrÓNICA

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