Ramón Yzquierdo Peiró: «De niño veíamos a los estudiantes de Medicina cogiendo huesos en Bonaval»

De pequeño acompañaba a su padre, catedrático de Historia del Arte, a medir y sacar fotos en las iglesias; no imaginaba que acabaría trabajando en la Catedral


Santiago / la voz

Ramón Yzquierdo (Santiago, 1972) es compostelano de nacimiento, y en la ciudad ha desarrollado casi toda su vida. Vivía en A Rosa pero todos los días, desde bien pequeño, caminaba con otros compañeros hasta La Salle, en donde estudiaba. Toda esa zona le recuerda al Santiago que tanto disfrutó. No existía el parque de Bonaval ni el CGAC, y el camposanto estaba en ruinas, «salíamos en el recreo y nos metíamos en el cementerio. Veíamos a los estudiantes de Medicina cogiendo huesos porque las tumbas estaban abiertas, era romántico, gótico que dirían ahora». Allí también se instalaba el mercadillo que ahora campa en Salgueiriños, y los niños iban a comprar los minerales, «para la colección de ciencias naturales».

Fue hace menos de cuarenta años pero le parece una Compostela muy diferente. Una urbe que cambió a gran velocidad a finales de los 80 y principios de los 90, «cuando se hizo un proyecto de ciudad que creo que se quedó por el camino, pero prometía mucho». Buen estudiante en el colegio, admite, no era. Más bien disperso. «En lo que me gustaba sacaba sobresaliente, y en lo que no, suspendía, pero sin repetir, recuperaba para llegar justito».

Terminó en Junior´s y la elección de la carrera no tuvo mucho debate. Su padre era catedrático de Arte, de hecho de pequeño lo acompañaba a medir y sacar fotos en las iglesias, su madre profesora de Historia, y en su familia no gustó el intento de irse fuera de Galicia a estudiar Periodismo, así que comenzó Xeografía e Historia para especializarse en Historia do Arte. El problema de comenzar la vida universitaria en la ciudad natal es que se pierde precisamente eso, la vida universitaria. Y Ramón lo sabe, «tenía amigos que tenían tarjeta de crédito, yo ni cuenta en el banco», bromea, «te pierdes esos años de universitario, porque además lo ves en tus amigos y compañeros».

La carrera sí le gustó, pero no la docencia «y menos en el instituto». Le atraía estar en contacto directo con las obras, «ver la relación de dónde vienen, cómo se exponen, cómo transmitirle a la gente que lo vea...». Al finalizar la titulación comenzó los cursos del doctorado y uno de los profesores que más le gustó, Xosé Manuel García Iglesias, le ofreció participar en el proyecto Terra Única del Xacobeo. «Fue el momento clave y cuando decidí que me quería dedicar a eso».

Ya en los veranos había colaborado en el Museo de la Catedral vigilando y orientando a los visitantes, «empecé de personal de sala y ya fui viendo que era un sitio con muchas posibilidades». Y cuando volvió, con Alejandro Barral, cada vez fue realizando más tareas. Precisamente fue Barral quien le dio impulso al museo como tal, «tenía ya una idea clara y fue quien comenzó con el tema del museo moderno».

Pero aún se fue tres años a Madrid con una beca del Ministerio de Cultura pasando por distintas direcciones generales, hasta que en el 2004 regresó al museo catedralicio «y hasta hoy». Desde el 2009, con la profesionalización de la gestión cultural de la Catedral, asume el cargo de director técnico. Y si en estos momentos tuviese que cerrar dos proyectos esperados, lo tiene claro: la remodelación de las salas de tapices, una de las mejores colecciones de España; y la exposición sobre el Maestro Mateo en el Museo del Prado con la Academia de Bellas Artes.

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