Repostería a cambio de una charla

Silvia Vázquez, de 22 años, aprende a cocinar con Manuel Rozas, de 90


santiago / la voz

Manuel Rozas Nogueira (90 años) es uno de los 200 usuarios que participan en los programas de envejecimiento activo de Cruz Roja en Santiago, que incluye talleres en la sede, acompañamiento a gestiones o consultas médicas, y ayuda a domicilio complementaria. Muchos de los usuarios se benefician de más de una opción, pero 20 personas, que no son totalmente dependientes, participan en el de ayuda a domicilio complementaria. Manuel es uno de ellos y cada lunes «rejuvenece», comenta Carmen Vilas, trabajadora Social de Cruz Roja. A su casa va una vez a la semana una voluntaria de Cruz Roja, Silvia Vázquez (22 años), para «charlar» y «hacerle un poco de compañía», con el fin de que se sienta «útil» y, sobre todo, para evitar que la «soledad» haga mella en su salud.

En el grupo de voluntarios para programas dirigidos a mayores hay «un número importante de mujeres mayores que hacen actividades y que colaboran acompañando a otras 20 personas al médico o hacer gestiones. Este perfil es muy interesante, porque es más fácil que empaticen entre personas mayores y garantizamos la continuidad», explica la trabajadora social.

Barreras arquitectónicas

Como muchas de las 20 personas que participan en el proyecto de ayuda a domicilio complementaria, Manuel tiene dificultades para salir a la calle debido a «barreras arquitectónicas que hay en Santiago, y que impiden que las personas puedan moverse con normalidad», comenta Vilas. «Al centro de salud voy en taxi y, como luego es cuesta abajo, vuelvo despacio», explica Manuel, que también es usuario de Teleasistencia. Salir a la calle es su principal problema y, por eso, sus sobrinos le plantearon la posibilidad de participar en el proyecto de acompañamiento.

Después de las vacaciones de verano, ayer fue el primer día que volvió a ver a su voluntaria y lo primero que le dijo fue: «No imaginas lo mucho que te he echado de menos». Y, es que Manuel enseña a Silvia, estudiante natural de Bandeira (Silleda), su oficio de «toda la vida», la repostería. «Aquí todo lo hace ella, yo le doy las indicaciones, porque la repostería se aprende haciendo», indica; mientras le da las pautas para preparar la masa de pizza y le pide que no olvide que tiene el bizcocho en el horno y unos higos macerando para hacer confitura, que después usará para «preparar el pastel con dulces que se comen en Navidad en Argentina». Y es que Manuel, pese a sus 90 años, tiene una memoria prodigiosa para recordar cada una de las recetas que ha elaborado cientos de veces a lo largo de su vida. No faltan los trucos ni los consejos en la conservación entre Silvia y Manuel. «Es admirable. Algunas veces vemos fotos, porque le gusta recordar, pero, sobre todo, hacemos dulces, algo que le gusta y que yo disfrutó mucho», explica Silvia. «Si él está feliz, yo más. Solo le hago compañía y él me da más de lo que yo le doy», reconoce Silvia. «Alguna vez le traigo alguna cosa de casa, de Bandeira, y enseguida se le ocurre algo para hacer. Es una persona adorable y admirable».

La historia de Manuel Rozas podría ser la de los miles de emigrantes gallegos que en los 50 «con una mano delante y otra detrás» pusieron rumbo a Buenos Aires para «escapar del hambre. Mi mujer y yo vivíamos en una buhardilla en Carreira do Conde con un clavo como armario», recuerda Manuel, que no olvida que fue «de la generación de la guerra. En el rural había para comer, pero en Santiago pasamos mucha hambre». Tras siete años en Buenos Aires regresó, «porque la morriña te mata», apunta con ojos vidriosos. Su retorno definitivo fue en el 2000.

reportaje Un proyecto de cruz roja para fomentar el envejecimiento activo

«Ni te imaginas lo mucho que te he echado de menos (a su voluntaria al verla tras las vacaciones)»

Manuel Rozas

«Es admirable. Yo le hago compañía, pero él me da mucho más a mí de lo que yo le doy a él»

Silvia Vázquez

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