«Si tengo que cerrar la tienda, la cierro, pero no haré más trámites»

La dueña de un local se planta ante la burocracia del Ayuntamiento

la voz

Isabel está padeciendo un auténtico viacrucis con su nueva vida de comerciante. Venía del teatro y la hostelería y un día (de eso hace ocho años) decidió alquilar un pequeño local (28 metros cuadrados) de objetos singulares en la plaza de San Miguel. Pensó que la autorización municipal era un simple papeleo, ya que únicamente era el cambio de una persona por otra al frente del negocio.

En Raxoi le dijeron que era preciso iniciar los trámites de licencia de apertura. La licencia del antiguo dueño no existía en el Concello. Pagó el permiso (242 euros) y presentó un proyecto que no era válido. Una consultora le realizó un nuevo proyecto que sí fue admitido.

Tras efectuar todos los trámites, y en vista de que el tiempo pasaba y Raxoi no le remitía ninguna comunicación, cerró una vez más la tienda para ir al Concello, en donde le indicaron que todo estaba listo y que debía abonar una tasa de 50 euros como último trámite.

Ya fatigada de tantos rodeos burocráticos pensó que podía centrarse ya en su trabajo de vender y sacar unos euros para sí y para las arcas fiscales. Y pensó mal. A la tienda le llega una notificación en la que se le informa de que el cerramiento metálico está fuera de normativa. ¿Qué cierre, el de la puerta o el protector exterior? Su interrogante (reiterada) no obtuvo respuesta y cerró una vez más la tienda para acudir personalmente a Raxoi. Era la puerta.

Isabel se extrañó, porque la puerta a retirar era de forja y llevaba colocada al menos medio siglo en el pétreo inmueble. En el registro municipal no constaba nada sobre esa puerta. Pero hete aquí que, indagando sobre lo de la puerta, apareció otra cosa: la licencia de apertura del local, que le habían dicho, no existía en el registro. Más aún, el proyecto lo había hecho la misma empresa que ella había contratado.

La propietaria pidió explicaciones en Cervantes y le replicaron que no tenían datos porque el registro era reciente. «Me pareció alucinante, flipante», dice Isabel, que se percató de la desconexión de las distintas dependencias municipales.

Decidió que la puerta no se tiraba, que era de forja y le parecía una barbaridad. Y además en el Museo das Peregrinacións habían puesto una de aluminio y cristal. Al final sus deudos le convencieron de que debía arrancarla. Y la arrancó. Estaba incrustada en la pared y las huellas son varios grandes agujeros remendados en la pared. Cada hoja de la puerta pesaba ochenta kilos. La sustituyó por una de madera y cristal. Más de dos mil euros.

Y llega la penúltima estación del calvario. Isabel solventó el cerramiento hace año y medio y fue a recoger la licencia para, ¡por fin! ¡por fin!, poder vender sin trabas administrativas. Como para ella el diablo no descansa, en Raxoi le comunicaron que había caducado el plazo y tenía que reiniciar todos los trámites. Y le dieron un impreso para, además de abonar las nuevas tasas, solicitar la devolución de las anteriores.

Y ahí Isabel se plantó. Le llegó una multa de 300 euros. Apenas tiene dinero para gastos, pero ha dicho no y no: «Yo lo único que quiero es que me dejen trabajar. Si tengo que cerrar la tienda, la cierro. Pero no voy a hacer ningún trámite más. Que me metan en la cárcel si quieren».

El vecindario apoya a la comerciante y sus familiares han elevado su caso a las redes, en donde varios cientos de firmas apoyan a Isabel. Esos mismos familiares la ayudan también en el plano económico, porque el negocio da lo justito y ya solo de IVA tiene que abonar 800 euros.

«Yo solo quiero que me dejen trabajar. En Raxoi no tienen conciencia del daño que me hacen»

Isabel

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