la voz

Insigne maestro, pedadogo práctico, pensador profundo, hombre de ciencia». De esta manera arranca el retrato de Manuel López Navalón, fundador del Colegio Regional de Sordomudos y Ciegos del Distrito de Santiago, en el número 170 del semanario ilustrado El Mortero, publicado el 6 de diciembre de 1897. La de Navalón, que es un hombre al que en la capital de Galicia se le deben un par de monumentos, es una historia llena de sabiduría y dedicación que, sin embargo, derivó en una injusticia histórica -reparable- por obra y desgracia de la dictadura franquista.

Atmósfera estrafalaria

Hoy viajamos a la segunda mitad del siglo XIX, a una Compostela que huele a cirio que tumba y en la que, como describe la estadística de Xosé Ramón Barreiro Fernández relativa a 1884, viven 25.000 habitantes que tienen a su disposición una iglesia (49) casi para cada quinientas almas; una ciudad donde se celebran anualmente 85 novenas solemnes, 508 funciones religiosas y unas 68.000 misas. «Es una atmósfera esperpénticamente estrafalaria para cualquier observador mínimamente racional», señala el historiador Alberto Valín; un parque temático de la penitencia.

Gracias que en este ambiente beato e inmovilista hay hombres que piensan libres; que progresan y hacen progresar a la sociedad de la que forman parte. Y justo es reconocerlo.

Manuel López Navalón (Seseña, Toledo, 1833- Santiago, 1902) es uno de esos sabios ocultos con los que deberíamos ajustar cuentas. Llegó a Compostela un poco por casualidad y, gracias a su inteligencia y a su empeño, revolucionó la pedagogía de la discapacidad, «de los infelices y desgraciados», como se les llamaba sin miramientos en la época; como si no fuéramos todos «infelices y desgraciados» en potencia.

Navalón tenía apenas treinta años cuando, por iniciativa del rector de la Universidade de Santiago, Juan José Viñas, y en base a la Ley Moyano de 1857, se decide la creación del Colegio Regional de Sordomudos y Ciegos del distrito compostelano. «Lo nombraron director -explica su sucesora en el centro que hoy lleva el nombre del insigne pedagogo, Fátima García- y poco menos que le dijeron que se buscase la vida: no tenía instalaciones, ni material... nada».

López se vino con su mujer, Vicenta Cazorla, dispuesto a ponerse manos a la obra. Estaba convencido de que la educación de personas con discapacidades auditivas o visuales era tan mejorable que dedicó su vida a demostrarlo. Y tanto se implicó que le dio la vuelta a todo.

El 1 de junio de 1864, casi siete años después de que se promulgue la ley Moyano, Navalón consigue poner en marcha la institución en Bonaval, compartiendo dependencias con el antiguo hospicio. El primer reglamento del centro, redactado un año antes, dispone la manera de trabajar en un lugar pensado para veinte niños y veinte niñas. Es un pionero, incluso, en la no segregación por sexos.

Sin embargo, a pesar de que se trata de un proyecto ambicioso y gratuito -lo sostienen las diputaciones- el colegio no consigue, ni por asomo, llenar sus plazas. Y hay una explicación: las condiciones higiénico sanitarias del lugar son tan precarias que nadie quiere enviar allí a sus hijos.

La investigadora Margarita Barral recoge una cita del propio Navalón, inserta en una memoria escrita en 1870, que habla con claridad meridiana: Sobre el régimen alimenticio dice que es «mezquino por su cantidad, nada nutritivo por su calidad y peor condimentado [...] entregada su preparación a las niñas hospicianas, se presenta generalmente sin cocción suficiente, sin más condimento que una saturación de grasa y falto de sal [...] casi siempre acompañado de cuerpos no alimenticios debido a la ninguna limpieza que en este punto se observa». Y añade que el pan que comen los alumnos «es amasado con las barreduras de la tahona y los desperdicios de la masa que, cuidadosamente, se recogían para ese objeto». Terrible.

Navalón le metió mano a todo, desde la manera de enseñar hasta las propias instalaciones. Y le pidió a su amigo Eugenio Montero Ríos que le echara una mano para materializar un gran edificio, diseñado para 150 alumnos, en el que seguir progresando. El proyecto cobró cuerpo en 1885, impulsado por el rector Antonio Casares, pero el de Seseña moriría en 1902 sin verlo construido, tres años antes de que el arquitecto madrileño Ricardo Velázquez Bosco firmase los planos.

¿Y dónde está semejante construcción? Están cansados de verla, aunque ha sufrido cambios: es el complejo administrativo de la Xunta en San Caetano. Las obras se prolongaron de 1910 a 1925 y, cuando concluyeron, tampoco fue posible habilitarlo por falta de presupuesto para los muebles. Después llegó la guerra y lo hicieron cuartel y hospital militar. Y por, fin, hacia 1963, el Colegio de Sordos se instaló en un ala, compartiendo vecindad con el instituto Xelmírez I. En 1984, el complejo se convirtió en sede de consellerías de la comunidad autónoma.

nacho.miras@lavoz.es

Europeísta convencido, en el semanario El Mortero se refieren a Navalón como «el sabio oculto». Además de revolucionar la pedagogía de la discapacidad, patentó inventos como el Zonógrafo, el Astronógrafo y un planímetro, aparatos premiados con la medalla de oro en la Exposición Regional de Lugo en 1896 que facilitaron a sordos y ciegos acceder a unos conocimientos que, hasta entonces, les estaban vetados. Su institución se convirtió en un referente europeo.

¿Y cómo alguien así ni siquiera tiene una calle? Muy sencillo, porque en López Navalón confluían tres de las circunstancias que más irritaban al individuo que, durante cuarenta años, rigió el destino de España con la punta de la pistola: era republicano convencido, masón -miembro secreto de la Logia de la Luz Compostelana, tal como ha investigado Alberto Valín- y, muy posiblemente, protestante, ya que su nombre en la hermandad masona era Lutero.

Recuerdo ninguneado

Con semejante expediente no es de extrañar que el franquismo ningunease incluso su recuerdo. Su sabiduría pervive, sin embargo, en el centro de educación especial que lleva su nombre, con sede en el antiguo convento de los combonianos de San Paio do Monte desde el curso 85-86. La actual directora del centro, Fátima García, explica que algunas de sus ideas se llevaron a la Exposición Industrial de París de 1867. Y que trabajos realizados en el centro, junto a otros del Colegio Nacional de Sordomudos y Ciegos, viajaron a las exposiciones universales de Chicago, en 1893, o París (1900). Da además un detalle sobre su personalidad: «En 1897 fue propuesto para la Orden de Isabel la Católica, pero la rechazó y se atribuyó el gesto a una muestra de humildad; hoy sabemos que aquella distinción no podría haber sido aceptada, por lo que representaba, por un republicano, masón y protestante». El año que viene, cuando la institución cumpla siglo y medio, sería un buen momento para hacer justicia con un hombre bueno y generoso.

Conoce nuestra newsletter con toda la actualidad de Santiago

Hemos creado para ti una selección de noticias de la ciudad y su área metropolitana para que las recibas en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
6 votos

López Navalón, el sabio oculto