La memoria oxidada de las Marías

Los restos de Maruja y Coralia Fandiño yacen bajo una ruina en Boisaca


Santiago / la voz

Recibió ayer tarde sepultura en el cementerio compostelano de Boisaca la última de las Marías. Así se conoció siempre a tres hermanas que, desde hace muchos años, constituyeron entre el sector estudiantil una referencia humana indisolublemente unida a esa Compostela de la piedra artística». Así recogía La Voz de Galicia del 1 de febrero de 1983 la muerte de María Coralia Argentina Fandiño Ricart. Treinta años después, la memoria de Coralia y de su hermana Maruja perviven en la escultura de César Lombera instalada en la Alameda. Cada cierto tiempo se les da una mano de pintura para que los turistas se retraten a discreción con esas dos extrañas mujeres sobre las que los visitantes apenas saben nada. Sin embargo, los turistas raramente acuden a Boisaca, donde descansan, miserablemente, sus restos mortales.

Abandono a ras de tierra

A menos que uno vaya con datos, cuesta encontrar la tumba de las célebres paseantes, dos símbolos de la ciudad a quienes, sin embargo, se venera y se cuida en su versión esculpida. A ras de suelo, la de las Marías es, quizás, una de las tumbas más abandonadas del camposanto. Identificada con el número 991, las letras pintadas un día sobre una plancha metálica apenas dejan adivinar algunos trazos de los apellidos, Fandiño Ricart, el nombre de Maruja, el de su hermano Antonio y el de la madre de ambos, Consuelo Ricart Pombo.

Justo en la sepultura que se encuentra al lado, perfectamente cuidada, yace su hermano Manuel.

«La sepultura está muy vieja, habría que restaurarla, quizás pasarlas a un nicho, pero no hay de aquí», dice frotando los dedos corazón y pulgar una de las sobrinas nietas de Maruja y Coralia, que vive en la casa que un día fue de las modistas, el número 16 de la rúa do Espírito Santo. Lo que llama la atención es que el propio Ayuntamiento no haya actuado de oficio: a fin de cuentas, Maruja y Coralia son dos símbolos de la ciudad. Y aunque la tumba sea propiedad privada, sus moradoras son un poco de todos. Con poco dinero y algunas ganas, la humilde morada eterna podría volver a ser digna. La imagen de las Marías ilustra postales que se venden por 40 céntimos en Máis Fotografía, en el 4 de la Algalia de Arriba. Incluso camisetas. Y no hay turista que no le dé la mano en la Alameda a Maruja, que era la más bajita, o que se amarre a la cintura de Coralia, que murió en A Coruña en 1983, a la edad de 68 años y que siempre quiso llamarse Rocío.

La necrológica publicada en La Voz el 1 de febrero de 1983 dice de Coralia Fandiño Ricart: «La que ayer recibió el último adiós de una cuarentena de personas siempre fue la silenciosa de las Marías, la que otorgaba autoridad a cuanto decía, dicharachera, su hermana María». Y añade que «desde su casa en la calle Espíritu Santo, que un día fue reparada gracias a la recaudación de los numerosos amigos y admiradores que siempre tuvieron [...] Coralia emprendió su último paseo por la ciudad a la que siempre quiso regresar».

El entierro de Coralia fue sonado. El rector de la Universidade de Santiago, José María David Suárez Núñez, y el alcalde, Marcial Castro, la acompañaron hasta Boisaca. «Dos estudiantes de años pasados portaron una corona de flores, precediendo a un grupo de silenciosos vecinos. Tras la oración fúnebre, recibió sepultura», concluía la nota de La Voz en su página 30.

Maruja falleció, con 82 años, en 1980. Cuenta José Vicente Martí Boscá en su artículo Sanidad ambiental y mujeres. As Marías, publicado en la Revista de Salud Ambiental, que, a mediados de los 70, «a causa de una fuerte tormenta estival, la techada de la casa se derrumbó, quedando las Marías sin vivienda pero, en poco tiempo, los amigos y conocidos, sobre todo un grupo de médicos, organizaron una generosa colecta que alcanzó 250.000 pesetas, el precio de un piso de la época».

Ironías de la vida -o de la muerte- nadie se ha dignado en acondicionar la otra morada, la que es para siempre.

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