santiago

Lo de ayer en As Cancelas podría ser objeto de un estudio sociológico en toda regla: cientos de personas, primero, miles con el paso de las horas, agolpadas en la puerta principal para entrar los primeros. Sálvese quien pueda. La maquinaria publicitaria llevaba meses trabajando y ayer recogió los primeros frutos. Varias de las firmas comerciales instaladas en el centro comercial prepararon ofertas de apertura que tenían el tirón asegurado.

Cuando, por fin, el público consiguió flanquear la puerta, empezaron a llegar las primeras opiniones. Gusta la iluminación. Gustan, en general, el diseño y la amplitud de la instalación. Sorprenden las gigantescas palmeras que se elevan a lo alto de las tres plantas comerciales y que le dan al edificio un exótico toque kuwaití. Y hay opiniones dispares sobre la acústica, que siempre suele ser un punto flojo en recintos de este tipo. Ayer, en todo caso, con una afluencia masiva, no era el mejor momento para sacar conclusiones.

De la cobertura telefónica lamentable se quejó todo el mundo, desde los periodistas que con dificultades pudieron hacer su trabajo hasta los clientes que no conseguían línea. La wifi del centro palió en cierto modo el problema, pero la infraestructura telefónica es de momento un punto débil.

A la Mesa pola Normalización Lingüística no le gusta nada la política lingüística del centro, mayoritariamente en castellano, y así lo hizo saber con un acto de protesta público que encabezó su presidente, Carlos Callón.

Y a los ganaderos nos les gusta tampoco el precio de la leche. «Hoxe abre un Carrefour e pechan dez granxas», decía uno de los carteles que enseñó un grupo de productores que se hicieron oír en el acto inaugural. La protesta llegó más lejos cuando consiguieron acceder al híper y desmontaron la sección de leche.

En la gran ensalada humana y de intereses, opuestos unos, complementarios otros, en la que se convirtió el centro comercial, la gran plaza del pueblo, no faltan los vecinos del Camiño Francés, que exigieron que se les arreglen los desperfectos que, aseguran, provocaron en sus viviendas las obras del túnel. De madrugada llegaron a colgar un gran cartelón entre dos edificios, aunque lo retiraron. El gerente se comprometió a «arreglar lo que hayamos roto», pero los afectados quieren que sea ya. Ayer quedó claro, una vez más, que Compostela es una ciudad muy viva.

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La gran plaza de un pueblo vivo