Galicia abre sus ventanas al mundo

Los colaboradores habituales de La Voz se asoman a nuestro número mil para recordar sus comienzos como escritores y su relación con el periódico


De cómo aprendí a leer el periódico, por Xosé Luís Barreiro

Don Camilo, que fue mi maestro, siempre entretenía el recreo leyendo el periódico. Y a esa imagen de un señor tan grande y respetable, que paseaba leyendo, está vinculado mi primer concepto de periódico. El diario llegaba al pueblo en el camión que recogía la leche para la fábrica de Larsa, y era muy frecuente que, cuando don Camilo subía desde su casa a la escuela, aún no hubiese llegado al Bar Basilio el pequeño fajo de ejemplares que se vendía en Forcarei. En tales casos el maestro solía mandarme a buscarlo. Y fue así como aprendí a hojear aquellas páginas con olor a gas y con tinta que manchaba los dedos, que funcionaba como una conexión entre el lejano mundo en el que pasaban cosas y aquel pueblo en el que nunca pasaba nada.

La primera vez que seguí un acontecimiento en el periódico fue en 1960, cuando -en un inesperado adelanto de la globalización- irrumpió en la aldea, como un vendaval, la contienda electoral entre Nixon y Kennedy. En medio de la inusitada curiosidad que aquel acontecimiento en los mayores, también los niños nos habíamos alineado en dos bandos, como si algo nos fuese en ello. Y el vistazo al periódico empezó a hacerse imprescindible.

Otro acontecimiento singular fue cuando el periódico publicó, en 1961, un suplemento dedicado a las fiestas de Forcarei. Porque esa fue la primera vez que vi en el periódico personas, paisajes y cosas que conocía, y cuando entendí que detrás de aquellas páginas misteriosas había una realidad.

Ahora leo los periódicos a diario, y escribo en ellos. Pero aquella fascinación no la he perdido.

Un modo de ser feliz, por Xosé Carlos Caneiro

Era un mundo fascinante: o papel (o seu recendo), noticias, análises. Un modo de ser feliz. Non podo prescindir, dende ben novo, da lectura do periódico. En oitavo de EXB, que se corresponde ao actual 2.º de ESO, xa levaba o periódico a clase todos os luns. Agardaba a hora do recreo para sacalo ao patio dos salesianos mentres comía o bocadillo. Sei que non era habitual, pero tamén sei que o habitual sempre se levou mal comigo. O luns quería saber dos equipos de baloncesto, deporte que eu practicaba, e do fútbol (porque levo toda a vida sufrindo e gozando con el). No bacharelato insistín no costume de ler o periódico diariamente. Sempre La Voz de Galicia, e pouco a pouco incorporando outras cabeceiras. En COU (o actual segundo de bacharelato) xa o mercaba todos os días coa exigua paga mensual. Na universidade procuraba levar sempre o periódico comigo. Se non estaba debaixo do meu brazo, acompañando a algún libro, eu sentíame indefenso. O periódico era parte de min. Confeso que segue a ser un apéndice do meu corpo, e do meu espírito. Con el aprendín, estimulei a miña capacidade crítica, reflexionei, coñecín, crecín, eduqueime. Dáme moita pena contemplar menos xente que antes co periódico baixo brazo. Antes era impensable ver algún profesor sen el á entrada das aulas, agora o habitual é prescindir do papel. Xa sei que se segue consultando, máis que nunca: a Internet. Pero eu son do papel. Aínda paseo cos periódicos. Sigo a ser aquel que descubriu o mundo grazas a eles. Un modo de ser feliz, repito.

Fuente de inspiración, por Manuel-Luis Casalderrey

En muchas ocasiones, los colaboradores de los periódicos escriben sus artículos al hilo de la actualidad. En mi caso concreto, un buen número de las colaboraciones que envío a La Voz hacen referencia a noticias publicadas en el periódico. Lo hago constar en el texto, señalando la fecha y desarrollando el comentario, la reflexión, la opinión, en relación con la noticia. La prensa es mi fuente de inspiración.

En el momento de leer el periódico, tengo un bolígrafo a mano para destacar todo lo que es de mi interés. Anoto las páginas en la parte inferior de la última de La Voz. Así son fáciles de localizar y de recortar, cuando el resto de la familia haya leído el periódico. Los recortes los clasifico por temas. Periódicamente los reviso y anulo los que hayan perdido actualidad.

Con mis alumnos, en las clases de Física y Química, he usado los periódicos para recopilar información sobre temas concretos: energía, lanzamiento espacial, concesión de los premios Nobel, la química en el deporte, etcétera. Voluntariamente, entregan un trabajo en el que los recortes de prensa, relacionados con el tema, van pegados en hojas en las que figura el nombre del periódico y la fecha. Los trabajos llevaban obligatoriamente un comentario, una reflexión o una crítica escrita por los propios alumnos.

La prensa es un magnífico medio para llevar la actualidad a las clases y reflexionar sobre ella. De ahí la importancia de la labor llevada a cabo por La Voz de la Escuela a lo largo de estos 1.000 números que hoy se conmemoran.

Para qué serve escribir, por Marina Mayoral

Nos centros de ensino que visito acostuma a haber algún estudante que pregunta canto gano escribindo. Ao responder que se queren facerse ricos pensen noutra profesión, xurde a cuestión: ¿ entón para que serve escribir? Eu fálolles das vantaxes de redactar ben un exame, un traballo, un currículo, ata unha carta de amor. Eles rinse porque só usan mensaxes de móbil. Eu replico que non saben o que se pode conseguir cunha boa carta. Eles comezan a interesarse. Eu dígolles que poñer por escrito o que nos pasa e o que pasa ao noso arredor axuda a entender o mundo e a entendernos a nós mesmos. E tamén lles digo o divertido que pode ser inventar unha historia.

Cando os vexo interesados, cóntolles algo moi misterioso que lles sucede a algúns que collen o hábito de poñer por escrito o que pensan, o que senten, ou o que inventan. E é que un día decátanse de que están a facelo da mellor maneira posible, e non para conseguir algo concreto, unha mellor nota, ou un premio por un traballo, senón polo pracer de facer unha obra ben feita. E o que ocorre é que xusto nese momento nace un escritor.

E sempre ao contalo dáme un arrepío de vertixe porque penso que entre aqueles rapaces que me escoitan hai un neno ou unha nena que dedicará horas e horas da súa vida a escribir; horas que deixará de estar coas persoas que quere: os pais, os irmáns, os amigos, a súa parella, e que un día estará fronte dun fato de xente nova, intentando convencelos de que escribir é unha tarefa que paga a pena.

Mis pinitos en «Vamos», por Juan J. Moralejo

Fui alumno del Colegio Minerva (hoy Peleteiro) de 1951 a 1958. Ahora, con no menos de dos mil folios en cuarenta años en La Voz, etcétera, recuerdo con gusto mis pinitos en Vamos, que había iniciado don Jesús Pereira y luego dirigió don Benito Varela Jácome -dos nombres de gran valía y grata memoria-.

Pinitos o ya un bosquecillo, pues colaboré en 19 de 40 números y además corregía pruebas e incluso hacía crucigramas, preguntas de cultura general en las que fui un sádico mentiroso porque las elegía con la condición de enterarme yo en ese momentos de la respuesta correcta, por ejemplo, ¿dónde está el cabo Saupamuango? Incluso fui editorialista, con temas candentes y sesudos, por ejemplo, Ciencias contra Letras.

Repaso mis pinitos de entonces y me encuentro varias crónicas de excursiones realmente imborrables en las que se programa siempre algo de ciencia y técnica -por ejemplo, la presa del Tambre, Fisterra...-, algo de letras -Caaveiro, torres de Oeste...- y subir a un monte -Pico Sacro, Castrove, Xiabre...- a tener hermosísima lección de geografía con nada menos que Río Barja.

Queda claro que pluma y tecla me molaron desde siempre, lo mismo que me molaron el balón de fútbol, donde no pasé de mísero chaíñas, el tren eléctrico, con virguerías hoy impracticables, y la caña de pescar, en la que persevero con más moral que el Alcoyano y que me ha dado amigos monumentales, antológicos.

Me gustan mis pinitos porque me gustaba todo aquello.

El pupitre azul, por Ramón Pernas

Era de madera. Antes que yo al menos media decena de alumnos del colegio de monjas lo habían utilizado. El pupitre dejaba ver sus nervios estriados, su memoria de árbol, era como si las venas que transportaron la sabia original hubieran emergido por obra y gracia de la lejía empleada para lavarlo cada vez que concluía el curso.

Era mi último año en párvulos, mediaba toda esa distancia infinita que va desde los cinco a los diez años. En junio haría el ingreso de bachillerato. Me acompañó a lo largo de todo un lustro, apoyando el silabario en su corteza vegetal aprendí a leer y comencé a escribir, y antes de que llegaran los días del verano quería dejar la huella de mi paso por el colegio de las monjas de Cristo Rey. Pensaba en grabar un mensaje sobre su piel como un tatuaje de madera, como quien graba un corazón con el nombre del primer amor en uno de los árboles del bosque de las palabras. Escribir cincelando un mensaje que dijera «aquí estudió Ramón», o simplemente mi nombre: «Moncho», como si fuera un mensaje universal arrojado al mar en una botella imaginada. Pasaban los días y no me atrevía a grabar en la piel de mi pupitre las seis letras que daban cuenta y razón al siguiente usuario de quien había pasado cinco años apoyando los codos sobre la cajonera que guardaba los libros de texto.

Pero una mañana de mayo encontré la solución para marcar para siempre mi territorio escolar, para dejar una huella profunda de mi paso por el colegio. Compré dos tinteros de tinta azul y los volqué sobre el pupitre simulando un accidente. De pronto el pupitre se volvió azul, como una noche de primavera, como la mar cuando la luna despierta, del color de los sueños.

No lo retiraron y hoy es el día en que todavía se acuerdan de que fui yo quien dejó para siempre en el colegio su memoria en un pupitre azul.

El faro de mi primera juventud, por Roberto L. Blanco Valdés

Como otros muchos niños de pueblo, yo me crie en realidad entre dos casas: la mía -es decir, la que compartía con mis padres, mis hermanos, una abuela y una tía- y la de los primos Mundo y Germán que, por una de esas carambolas del destino, eran hijos de un hermano de mi padre y de una hermana de mi madre. Allí, en mi otra casa, la de mis otros hermanos, con los que compartía mucho más que mis propios apellidos, tenía mi padre su despacho de abogado. Allí oíamos a mi tía María Luisa y a mi madre tocar a dúo de violín y piano animadísimas mazurcas, jugábamos al escondite y hacíamos rabiar a los mayores, en aquel tiempo en que los mayores lo eran de verdad. Fue allí, pasados los gozos de la infancia, donde empecé a leer el periódico, o, lo que es lo mismo, a leer La Voz, pues en casa del tío Mundo el periódico y La Voz eran sinónimos. Mis vívidos recuerdos de ese tiempo están asociados a la papelería de Otero Abelleira, donde comprábamos todos los días unas sábanas de papel, que nos manchaban las manos y, como alfombras mágicas, nos transportaban por el mundo; a la lectura de noticias -asombrosas, aburridas, tristes y, a veces, totalmente incomprensibles- que me hacían, pese a todo, sentirme mayor de lo que era; a la ilusión por enterarme de tantas cosas que entonces no sabía; y a la convicción creciente de que ya no podría jamás vivir sin leer periódicos. Desde entonces han sido para mis compañeros insustituibles de penas y alegrías, de dudas y certezas y, al fin, de triunfos y derrotas. Como el agua en el desierto o el faro que ilumina al navegante.

...Y no solo en la escuela, por Fernando Ónega

Mi tesis es: si el rendimiento escolar es bajo en España en comparación con otros países, no se debe solo a los fallos del sistema educativo. Mucho menos, a la entrega de maestros y profesores. Y muchísimo menos, a que nosotros tengamos menos capacidad de aprendizaje que un sueco o un japonés. Fallamos porque fallan los complementos de la escuela. Básicamente dos: la familia, que es la auténtica educadora de los hijos, y la escasa lectura de prensa entre escolares. La prensa, el periódico, no es una asignatura ni lo puede ser, pero es un instrumento formativo de primer orden, donde están las enseñanzas de la actualidad: la geografía, la economía, los protagonistas de la ciencia o la cultura y sus aportaciones y creaciones. ¿También las miserias humanas? También. Eso convierte al periódico en la asignatura de la vida, de la que examina la propia vida.

Por eso he propugnado siempre la entrada de los diarios en la escuela. Pero, como acabo de escribir que la familia es quien educa de verdad, me dirijo a los padres: llevad el periódico a casa. Haced que vuestros hijos lo lean, que es la mejor vía para introducirlos en la lectura. Comentad juntos las noticias y artículos. Procurad que el niño o la niña dedique al periódico tanto tiempo como a Internet. Si lo hacéis, veréis cómo se abren sus horizontes, cómo aumenta su inquietud cultural, cómo descubre y aprecia otros valores. En definitiva, cómo se hace más persona. Eso es, al final, lo que nos importa como padres y el objetivo de la educación.

PINTO & CHINTO

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