Del menú del día de Navarro a las vacaciones de Pau en la aldea

Pese al éxito deportivo y económico, mantienen inalterable la imagen de jóvenes que disfrutan con valores como la amistad y la solidaridad.


Acaban de ganar su tercera medalla de oro después de disputar su quinta final en cinco años. Son campeones del mundo y de Europa y subcampeones olímpicos. Cinco juegan en la NBA, otro se les unirá la próxima temporada y un séptimo, Navarro, ha sido el mejor jugador del Europeo. El núcleo duro de una irrepetible generación se estrenó con la selección en el 2000 y desde entonces, salvo imponderables físicos, sacrifican buena parte de sus vacaciones para jugar al baloncesto, reunirse alrededor de una mesa de juego o echarse unas risas. Son leyenda viva del deporte español y ganan mucho dinero, pero el éxito no se les ha subido a la cabeza.

Cuando Silvia López llevó a su novio, Pau Gasol, a la aldea de Carballo de Lor, en Quiroga, para que conociera a sus abuelos, antes de entrar en la casa un vecino le preguntó: ¿Y tú a que te dedicas? Pau, una estrella en la NBA que protagoniza cientos de anuncios, le contestó «juego al baloncesto». Y eso es lo que es, un baloncestista que hace muy bien su trabajo. Tiene dos anillos de la NBA y gana al año unos 11 millones de euros, además de otros ingresos por publicidad, pero entre sus defectos no está la petulancia. Comprende a los indignados, es embajador de la Unicef, la FAD y la Asociación Juvenil Soñar Despiertos. En su día visitó la Costa da Morte para contemplar los efectos devastadores del Prestige y las visitas a hospitales infantiles forman parte de su agenda habitual. Eso sí, un detalle lo distingue de sus compañeros y es el inseparable guardaespaldas que lo acompaña. Servidumbres de la fama.

Pau, como el resto, cedió el dinero del Premio Príncipe de Asturias para obras sociales. Calderón, que se indigna con el hambre en el mundo, donó 1.000 euros para el cuerno de África por cada punto o asistencia que sumó. Navarro es un jugador diferente, un genio que no olvida sus orígenes ni a sus amigos de siempre. Cada verano guarda en su agenda unos días para visitar a su familia, en Meira (Lugo). Probó con éxito la NBA, pero volvió con los suyos, a ese entorno que lo empuja a comer en un restaurante de menú del día para trabajadores.

Juntos repiten cada verano el rito de iniciación a los novatos con una opípara cena que obligatoriamente pagan los recién llegados, juntos juegan a la pocha y cantan: «Todos los días sale el sol, Felipón», un homenaje a Felipe Reyes, que pocos días antes del torneo perdió a su padre. El gesto de Navarro de ceder a Reyes el honor de recoger el trofeo como campeones de Europa da una idea de su generosidad.

Ricky juega cada verano con sus amigos de El Masnou a ver quien se pone más moreno y luce una desenfadada vestimenta que poco tiene que con una estrella; Sada es un lector voraz; el vicio de Llull son los gusanitos y el tapeo en La Latina; el cine es la pasión de Rudy Fernández, que lleva con discreción el acoso de la prensa rosa por su noviazgo con Helen Lindes.

Transmiten buenrollismo, una cualidad que los publicistas han sabido explotar. Así, protagonizan campañas alejadas de los estereotipos de superhombres. El orgullo de ver el apellido de un hermano en la camiseta, la llamada al seguro tras un accidente doméstico o el Visit Spain, la celebrada reivindicación de sus orígenes. «Procesan las derrotas y las victorias dentro con normalidad excepcional», asegura Moncho López, el técnico gallego que los dirigió durante el Europeo de Suecia. La misma normalidad con la que se desenvuelven lejos de las canchas.

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