Para la mayoría, Elena Anaya es esa actriz mona de Palencia a la que estos días han pillado en la playa dándose unos besos con su novia. Y quien, por cierto, trabaja en la última tomadura de pelo de Almodóvar. A pesar de resultar siempre la más guapa en la alfombra roja de los Goya, no es tan conocida, o popular, como otras actrices más jóvenes seguramente porque no ha tenido que alquilarles su talento a las teles apareciendo en alguna de esas temibles series patrias que convierten a cualquier descerebrado, sin haber leído ni una línea de Shakespeare en su vida, en intérprete famoso de la noche a la mañana. Quizá si aquí se hiciera algo parecido a Madmen? Pero ese no es nuestro estilo: por lo visto, nosotros solo sabemos hilvanar chistes, como en su día solían hacer los Arévalo, Calatrava, Chiquito, etcétera, o últimamente alimentar la nostalgia con fines, muchas veces, propagandísticos. Elena está más cerca de una Parker Posey, una Christina Ricci, una Chloe Sevigny o por ahí, es decir, que lo suyo va más por el rollo indie, que en su caso consistiría en una apuesta decidida por la calidad, por prestar su menuda belleza solo a quienes van a sacar buen provecho de ella, como su buen amigo Medem, que ya descubrió los aspectos más íntimos de su personalidad en Habitación en Roma, en la que además nos ofrecía el regalo de poder contemplarla desnuda durante casi toda la película. Como parte de la brillante promoción de La piel que habito, en estos días se ha asomado a suplementos y revistas más que en otras ocasiones. En uno de estos veo que la comparan con un guepardo, e incluso la fotografían con la bestia, en plan erótico. Sí, posee algo de felino, sus movimientos transmiten elegancia, sofisticación y tiene un ojo de cada color, como Bowie. Podía haberme extendido algo más sobre sus cualidades como intérprete, lo sé, pero es que a algunas actrices basta con verlas sobre una pantalla, lo demás es completamente accesorio. Y Elena es una de ellas.