El jefe americano vuelve a la base

Para algunos «Rite 3» fue el mejor destino que tendrían nunca, pero entonces aquellos veinteañeros aún no lo sabían.


Se cumplen 20 años del cierre de la base estadounidense de Estaca de Bares. Desde entonces, nada se ha resuelto sobre el derribo o recuperación de unas instalaciones cada vez más ruinosas, pero situadas en un lugar incomparable, lleno de historias. Fue apacible destino para cientos de militares del US Coast Guard primero y de la USAF después. Los marinos del servicio de guardacostas la construyeron y operaron en ella entre 1960 y 1978 como estación Loran (Long Range Aid to Navigation), un sistema de posicionamiento electrónico para barcos y aviones, imprescindible hasta la llegada de los satélites y el GPS. El último comandante coastie, encargado de transferir las instalaciones a la fuerza aérea norteamericana, que la usaría como base de comunicaciones y ayuda a la navegación con el más avanzado Loran C, fue John Wcislo.

Tras salir de la academia, el joven alférez de navío cambió las patrullas en un guardacostas por la aventura de mandar el destacamento del noroeste de España. «Tan solo tenía 25 años, la responsabilidad era mucha y mis superiores más cercanos estaban lejos, en Nápoles». Claro que John, aparte de estar acostumbrado al duro clima que le esperaba en Estaca, ya era «medio gallego». Sus abuelos habían arribado al Buffalo de las minas y la siderurgia en 1902 desde la Galitzia polaca. Eran de Trezbrownisto (Rzeszow). No extraña que, en sus primeras Navidades en la base, aparte de la farra, buscara la liturgia católica. «Fui a O Barqueiro a la iglesia para escuchar la misa del gallo y acabé en el teleclub viéndola por televisión y celebrando la fiesta con los locales», asegura.

Barbacoas bien surtidas, romerías populares y discotecas de la zona eran imprescindibles para sobrellevar aquella mili. «Éramos norteamericanos jóvenes y solteros, podía pasar cualquier cosa». No hubo desgracias, a pesar de que se lo bebían todo y circulaban junto a precipicios. Y de que sus Dodge o Ford de varias toneladas (uno acabó empotrado en una casa en Loiba) apenas cabían por las carreteras de los Seat 600. Recogían víveres en Viveiro, y en Alvedro, adonde llegaban contenedores por vía aérea desde Torrejón; la valija, en A Graña (Ferrol). A menudo eran taxistas como Alfredo o el autobús de línea sus transportes hacia el ocio. A veces compraban coches de segunda mano que, al irse, regalaban. «Eu baixaba a pé ata o apeadeiro do Feve no Barqueiro e ía a Viveiro por cinco pesos», precisa ufano Wcislo en perfecto gallego.

Al cabo de 30 años o más, muchos de aquellos jóvenes que llegaron como técnicos electrónicos, mecánicos, operadores de radio, marineros, sanitarios, cocineros... se han retirado del servicio. Tras su paso por Estaca, aún regresan de visita o recuerdan en Internet aquella camaradería y a los gallegos que trabajaban en la base (Victoriano Paz, Félix, Antonio López, Cándida...). Los que se casaron en Ortegal (como Raymond Holland, con Candelaria Crespo; Lloyd Sedillo) y sobre todo en A Mariña (David Scebbi, con la chilindrina Lolita Gómez; Gregory D. Ziemer, con otra viveirense, al igual que Bob Scarborough, Robert Putman o Ralf Parsons; Víctor Pérez se casó con una focense; John Page, en O Barqueiro) tienen más motivos. Algunos han muerto, como Mike Rems, el primero en matrimoniar en Viveiro, o Kurt Patrick Bohjanen, en Ortigueira. Otros sobrevivieron a guerras en Irak o Kuwait y alguno cayó en ellas, como el sargento mayor de la USAF Patrick Magnani, muerto en Afganistán en el 2007, y que había formado parte de uno de los últimos reemplazos en Estaca.

SIN VALLAS NI apenas ARMAS

Aunque no para todos fue un destino feliz. No estaba permitido traer a la familia por mucho tiempo, so pena de perder la carrera. Quien dejaba familia recién fundada en Estados Unidos se veía aislado. Lo confesaba Bob Nahikian a sus compañeros, que se perdió el nacimiento de su hija mayor. Pero buena parte aprovecharon el tiempo libre que dejaba el servicio a pie de generadores, transmisores y antenas para conocer Galicia. Con los años, fue habitual verlos en Viveiro con su mono verde en los Jeep, yendo al banco, comprando frutas y verduras, o tomando copas en las discos Seiramar o Pussycat. La Guardia Civil seguía sus pasos (los dólares podían pagar todo el alcohol que quisieran y al principio alimentó bastantes peleas, hasta que los jefes las cortaron), pero la base apenas tuvo armas. A lo sumo, pistolas y una escopeta. Durante un 4 de julio sí montaron una gran traca con los foguetes más gordos.

«No era gente vulgar, tenían preparación», refrenda Manuela, que acudía a menudo a la base con su pandilla de O Barqueiro para jugar al billar y tomar Coca Cola. Su tía Mercedes, de Casa Picos, donde los jefes se daban festines, también visitaba la base con el padre. Durante la construcción, los vecinos ganaron allí buenos sueldos y los bares progresaron con el personal de la base. Mañón no era la Costa Brava y mucha gente descubrió allí el inglés, las hamburguesas, los chuletones a la brasa, las mazorcas asadas, el baloncesto, extrañas razas de perros, la calefacción y el aire acondicionado, o la música de Frank Zappa.

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