¿Era peor Gadafi ahora que antes?

Francisco López Barrios reflexiona sobre las revueltas de los países árabes en los últimos meses, con especial atención a los sucesos de libia.


¿Estaba todo escrito, como piensan los musulmanes rigurosos? ¿Tenía que caer inevitablemente Gadafi? ¿Podrían haberse evitado tantas muertes? Sí, sabemos que resultó inútil que el hijo mayor de Gadafi, Saif al Islam, ofreciese celebrar elecciones libres en Libia bajo control de Naciones Unidas, hace más de dos meses. O que semanas atrás la plaza Tahir de El Cairo se cubriera con la sangre de centenares de ciudadanos que intentaban homenajear a los llamados mártires de la revolución anti-Mubarak. Y, por supuesto, había quedado muy atrás el día en el que el doctor Al Zawahiri tomó las riendas de Al Qaida en sustitución de Bin Laden. Estos, como tantos otros, eran tres más de los acontecimientos que afectaron al mundo árabe y musulmán en fechas recientes, sobresaltado en los últimos tiempos por una especie de clamor democrático que, curiosamente, no incluyó al menos democrático de los países islámicos: Arabia Saudí, la cuna del radicalismo, de muchos de los dirigentes de Al Qaida.

Los dictadores árabes Un barniz imperialista para amarrar el poder

Bombas sobre Trípoli, destrucción de la ciudad y del país, y liderazgo de Al Zawahiri en la radicalidad armada del islam. Hechos sin conexión aparente. O con una conexión llamativa: Mubarak de Egipto, Ben Alí de Túnez, Gadafi de Libia y Al Asad de Siria tienen o tuvieron en común ser enemigos acérrimos de Al Qaida. Y todos han desaparecido o desaparecerán en un futuro próximo de la escena política, e incluso de la escena puramente vital o física, lo que, en principio, parece incongruente con la defensa de los intereses occidentales. Gadafi, por ejemplo, eliminó a miles de yihadistas por la vía rápida del fusilamiento. Muchos de ellos naturales de Bengasi, la ciudad del Magreb que más militantes ha proporcionado a las fuerzas de Bin Laden.

Podría decirse, generalizando, que los grandes dictadores contemporáneos del mundo árabe tuvieron en común, allá por los años 60, raíces ideológicas de carácter marxista y socialista que los llevaron a actuar duramente contra el integrismo islámico: desde prohibir la poligamia, contradiciendo las enseñanzas del Corán, caso de Burguiba, fundador del partido Neo Destur en Túnez, o, en Egipto, la represión de Nasser contra los Hermanos Musulmanes, a uno de cuyos teóricos fundamentales, Sayyid Qutb, ordenó fusilar en 1966. O la beligerancia sin fisuras anticapitalista y antiimperialista de Gadafi, autor del Libro verde y de la tercera vía hacia el socialismo autogestionario. Una combinación de fascismo, socialismo y anarquismo, con propuestas de sustitución de los partidos políticos por consejos del pueblo, elegidos en asambleas mediante voto directo. Y algo más en común: todos sustituyeron mediante procesos revolucionarios las monarquías instituidas en sus países por las potencias coloniales, Francia e Inglaterra. Así, el barniz antiimperialista formó parte esencial de su retórica y de la justificación del ejercicio del poder.

Gadafi UN líder incómodo para estados unidos

¿Por qué entonces la Unión Europea, los EE.?UU. y la OTAN bombardean Trípoli y acaban con Gadafi, no ayudan a Mubarak, dejan caer a Ben Alí, amenazan a Al Asad y no sostienen, como en otras ocasiones, a dictadores amigos de Occidente? ¿Eran peores Mubarak o el imprevisible Gadafi hace seis meses que hace tres años? Probablemente, no. Sin embargo, por razones que veremos más adelante, se hacía necesario un cambio radical política. Y ¿qué mejor para lograrlo que poner en pie, desde los ámbitos de la modernidad sociológica, tuitera y de Facebook, banal y con aires de corrala de vecinos, un anhelo juvenil, interclasista, creíble y atractivo como el deseo de libertad en lo personal y de democracia en lo político? En el caso Gadafi, por más que su régimen hubiera logrado el mayor número de universitarios de Magreb, o que el nivel de vida de los libios hubiera subido tanto en los últimos años (tras concluir el bloqueo económico de Occidente) como para tener más de millón y medio de trabajadores extranjeros en los empleos peor pagados, o que las mujeres tuvieran acceso a todos los niveles de estudios y de puestos de mando, tanto en el Ejército como en cualquier actividad profesional? Más aún, aunque el régimen inspirado por el guía de la revolución hubiera llevado a Libia a tener el PIB más alto del mundo árabe, Gadafi estuvo siempre en el punto de mira de EE.?UU. y, en general, del mundo anglosajón. Además, el eterno rebelde había cruzado en los últimos tiempos una de las líneas rojas marcadas por Occidente, abriéndole a China las puertas del norte de África al contratar con el país asiático cincuenta grandes proyectos en campos tan diversos como el petrolífero, la construcción o la agricultura. Y situando a tiro de misil chino las bases de la OTAN en Italia, por ejemplo. Algo intolerable para los americanos y, muy especialmente, para Francia.

Arabia Saudí CUANDO LA CIA Y EL CORÁN SE ENTIENDEN

Gadafi era, quizás, el problema moderno, contemporáneo, a pesar de los años transcurridos desde su golpe de Estado. El resto, los viejos dictadores, los partidos de izquierdas como el Baas sirio-iraquí, no pasaban de ser los herederos simbólicos, fracasados, del intento de promover un desarrollo económico bajo la rúbrica del socialismo de rostro árabe. Para los analistas del Pentágono, con Obama a la cabeza, el cambio pasaba por aceptar que, para vencer a los islamistas radicales, había que plantear la batalla desde las páginas del Corán, interpretado por ulemas no conflictivos. Trasladar el escenario de la confrontación desde lo puramente militar (sin renunciar a ello) a las trincheras de lo ideológico, lo mediático y lo cultural. Es decir: luchar contra el enemigo en su propio terreno. Por dos evidencias:

primera, las buenas relaciones con Turquía, un país democrático, aunque con claroscuros importantes, apoyan las tesis de que es posible (al menos por ahora) entenderse con un islam razonable, con partidos religiosos a los que los optimistas comparan con la democracia cristiana; segunda, los dictadores tradicionales no podían garantizar una transición pactada y acorde con los designios del entramado tecno financiero e industrial de Europa y EE.?UU. Cualquier cambio de fondo y forma exigía su desaparición para darle una respuesta digerible (carnaza, si se prefiere) al descontento popular, al menos en la primera fase del proyecto.

Naturalmente, quedaban en suspenso los casos de Arabia Saudí, la mayor proveedora de petróleo de China y de países radicales como Yemen, Kuwait o Catar. Porque, a veces, la CIA y el Corán se entienden.

Las amenazas UN IRÁN NUCLEAR, ALIADO DE CHINA Y SIRIA

Sea como fuere, los norteamericanos consideran positiva su relación con los saudíes, aun a cambio de tolerarles actuaciones incómodas para socios de confianza, como Marruecos. Allí, las librerías, los circuitos clandestinos de propaganda antisistema, las mezquitas, se ven inundados por textos integristas financiados por la monarquía saudí. Seamos claros: los norteamericanos, algunos norteamericanos, tienen intereses comunes, a gran escala, con la familia Ibn Saud. Y, llegado el momento, las bases americanas en Arabia, Catar, Baréin, Kuwait, etcétera, bastarían, con la ayuda de la V Flota norteamericana para controlar el mar Rojo. Si se les une la VII Flota y su dominio sobre el estrecho de Malaca, no sería difícil cortar, en caso de conflicto con China, los pasos obligados para que el petróleo de Oriente Medio y África -Sudán y Omán- llegue a su destino final: China. Veamos. Si existe alguna amenaza en Oriente Medio para EE.?UU., es la de un Irán nuclear, aliado de China y Siria y dispuesto a desestabilizar Irak. Y, aunque la expansión africana de China podría suponer un riesgo para los intereses de Occidente a largo plazo, la realidad de un Irán dotado de armas nucleares urge a la constitución de un frente musulmán amigable, tratable, comprensivo con los intereses de Europa y EE.?UU.

La pregunta

¿se puede dudar de que todo se manipuló?

Desmontar el pasado inservible y organizar el futuro. Ese era y es el desafío. Con la colaboración de la OTAN, de la CIA (Mubarak abandonó el poder el día siguiente de que regresase de Washington el ministro del Interior egipcio) y de unos Hermanos Musulmanes que han puesto en segundo término, por ahora, las enseñanzas de Al Banna, su fundador, sustituyéndolas por arquitecturas islámico-políticas más pragmáticas. De la mano, por ejemplo, de jóvenes pensadores como Tarik Ramadán, uno de los grandes teóricos de la modernización y la militancia islamista.

¿Es o no curioso que, en países constituidos en enclaves de un tecnomedievalismo alucinante, los jóvenes árabes no exijan en las calles libertad y democracia? ¿Nos encontramos frente a misterios de la vida o frente a manipulaciones interesadas? Viendo la sucesión de acontecimientos, la coordinación en tiempo y espacio de las revueltas en el mundo árabe, ¿se podría dudar realmente de la existencia de un manipulador que movió los hilos de la comedia en el momento oportuno y con el ritmo conveniente?

Los cambios ¿El nuevo imperio de alejandro magno?

En Egipto, los Hermanos Musulmanes han logrado que la nueva Constitución democrática mantenga el artículo 2.º , que consagra la sharia islámica como fuente inspiradora del derecho en el nuevo Estado, con las consecuencias previsibles para cristianos, mujeres, y ciudadanos desviados. En Túnez, los indicios apuntan a que los islamistas conseguirán algo parecido. En Libia, antes o después, los rebeldes darán a conocer su verdadero rostro. Y en Siria, donde Al Asad mantiene a sangre y fuego la ficción del socialismo de partido único, no resultaría muy asombroso que muy pronto se produzcan acontecimientos relevantes.

Habrá cambio en Irán, por las buenas o por las malas. Si es por las buenas, los planteamientos estratégicos se habrían cumplido. Basta con buscar en Internet un mapa con la situación de las bases actuales de los EE.?UU. y sus aliados en el mundo para entender la situación. Al mapa solo habría que añadirle nuevas bases en Siria e Irán, los únicos grandes países de Oriente Medio que carecen de ellas.

Y, si el cambio fuese por las malas, el complejo militar y tecnoindustrial yanqui se podría frotar las manos. Acabadas las guerras de Irak y Libia, y en vía muerta la de Afganistán, con la disculpa de la defensa de Israel y con la complicidad pasiva de la mayoría de los países musulmanes de la zona, incluida Turquía, la guerra con Irán movilizaría recursos, aliviaría los stocks de material bélico. «¿Quién sabe?», me comentaba en una cena reciente un joven diplomático español. «Tal vez nos toque ver cumplido el sueño de Alejandro Magno. Desde Europa hasta China, un solo aliento bajo signo europeo. En esas circunstancias -añadió-, deberíamos replantearnos muchas cuestiones». Y uno, que a estas alturas de su vida peina canas hasta en los sueños, prefirió no responder.

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