«La política, más que interesarme, la padezco. Cada vez está más alejada de la gente»


Fernando Romay no lo duda ni un segundo cuando se le pregunta por ello. Está convencido de que la vida cotidiana exige muchas más fintas, amagos, e incluso ganchos, que el deporte. «Tiene más facetas. En la cancha solo hay un objetivo, pero en el día a día este se multiplica por mil y abarca más frentes, desde los afectivos hasta los laborales. En todos hay que estar en la pelea», asegura con vehemencia.

-¿Lo más importante que ha conseguido en su vida?

-Mi familia. En el deporte, otra persona vendrá después de ti y mejorará lo que has hecho, pero mi familia es única, la que siempre ha estado apoyándome, conmigo, en los buenos y malos momentos, la que siempre me ha ayudado y me ha permitido tener los pies en la tierra.

-¿Le interesa la política?

-Más que interesarme, ahora mismo la padezco. Cada vez está más lejos de las necesidades de la gente. Imagínate que por culpa de la política, una madre se llega a convertir en suegra [se ríe].

-¿Qué opina de las revoluciones que se están produciendo en algunos países árabes?

-Son la revolución de los pobres. La gente pasa hambre, no es una revolución política. Es la respuesta a la pregunta que se hacen de «¿qué están haciendo con nosotros?». A esa gente no le preocupan las grandes economías, solo lo cercano. Tienen cada vez menos y todo les cuesta más. Las nuevas comunicaciones, además, les muestran un mundo injustamente repartido. Y se lanzan a la calle. Lógico. Y eso no significa que no tengamos también que ayudar a los de fuera.

-¿Las oenegés representan la constatación de los fallos de los Gobiernos y el desinterés de la sociedad por las necesidades del Tercer Mundo?

-Frente al Tercer Mundo y al nuestro. No sé si somos el primero, el segundo o el cuarto, pero también existe indiferencia frente a las injusticias del nuestro. Llega un momento en que nos olvidamos de lo que tenemos al lado y buscamos no sé qué, tal vez hacer la gran obra del mundo. Incluso nos vamos a la India, sin mirar que hay gente que está cerca y lo pasa mal, muy mal. Hace poco se me acercó un colaborador de una oenegé y me preguntó que podía hacer. Le aconsejé que fuese a un centro asistencial, que allí tendría mucha tarea. Una, evitar la soledad de la gente, hacerles compañía. Se puede uno sorprender al comprobar que recibe más de lo que da.

-Los deportistas famosos, cuando se retiran, suelen escribir sus memoras o sus hazañas. ¿Ha pensado en hacerlo?

-No, la verdad es que no me lo planteo, por ahora. Reconozco que me lo han planteado de forma muy tentadora: «Tienes que contar tu vida, que es muy interesante», me animaron. Lo malo es que acaba de hacerlo mi compañero Juanma y como hemos tenido un cierto paralelismo en nuestras vidas, parece recomendable esperar un tiempo. Veremos, un día cualquiera me levanto y pienso en contar mis batallas, vivencias y logros. Todo es posible, pero en el futuro.

-¿Qué papel ocupa Galicia?

-Todo. Vivo y siento como gallego, aunque no tenga acento de la tierra. En esto me acuerdo de aquellas parodias que hacía, cuando yo era niño, un personaje que se llamaba O Xesta. Un inmigrante trataba de hablar en gallego y decía: «¡Che, pibe, dame unha cunca de ribeiro!». Hay que huir de cualquier tentación de destrozar la lengua. Por lo demás, soy gallego por los cuatro costados.

-Trabaja con la Fundación de la Federación Española de Baloncesto en una función de carácter social que está orientada a que el deporte no sea solo un espectáculo. ¿Qué aportan?

-Que sea un medio para que todos tengan mejores oportunidades. La federación realiza proyectos con inmigrantes, mujeres en régimen penitenciario, gente de la tercera edad y jóvenes con problemas de exclusión social, o en programas como Chaval, ponle un tapón al botellón. También hay programas de cooperación internacional en Sudamérica y África.

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