Adiós, Liz Taylor; hola, Lady Gaga

La muerte de Elizabeth Taylor, la última gran actriz de la época dorada del cine americano, da el carpetazo a toda una época en Hollywood. Nuestra enviada especial a Los Ángeles percibe mucho más interés entre la gente por los héroes de la MTV, tipo Lady Gaga, que por el mito recién fallecido


Enviada especial en Los Ángeles

«Era la más grande y no habrá otra como ella». José Villas trata de contener las lágrimas mientras mira de reojo una foto de la actriz Elizabeth Taylor, fallecida esta semana a los 79 años de edad a causa de una complicación cardíaca.

La muerte de la que fue la mujer más bella del mundo dejó desconsolado a este hombre que fue en su automóvil en un viaje de más de dos horas para dar un último adiós a su diosa, «porque era lo mínimo que se merecía». En realidad, Vila es uno los pocos fans que 24 horas después del óbito de la actriz se acercó hasta la estrella que la artista tiene en el paseo de la Fama de Hollywood, donde el pasado jueves apenas diez ramos de flores y un par de notas firmadas recordaban la memoria de una mujer a quienes muchos consideran como la última estrella de Hollywood, pero cuyo fallecimiento pasó más bien sin pena ni gloria en la ciudad que siempre consideró su casa.

«¿Que ha muerto Elizabeth Taylor? Pues la verdad es que ni nos habíamos enterado, nos ha debido de pillar en el avión», confesaba Oliver, un joven francés a quien como el resto de los turistas el altar improvisado para la actriz le pillaba por sorpresa mientras paseaba. «Si quieres que te diga la verdad», añadía para La Voz Alfredo Villamil, un joven venido desde Argentina, «nosotros casi nos lo pasamos [el altar] porque esperábamos algo mas grande. Es que por lo menos en Argentina las calles se llenan de flores solo cuando se muere una estrella del rock».

Drogadictos y prostitutas

«El día que murió debieron de llegar unas 100 personas hasta aquí, lo que pasa es que hoy ya se pasó la noticia y no hay casi nadie», se justificaba Luis Vidal, un emigrante mexicano cuya pizzería está situada a tan solo unos metros de la estrella que la actriz tiene en la ciudad de Los Ángeles.

Para aquellos que no hayan tenido la oportunidad de verla de cerca, la estrella que fue bautizada por Taylor está situada al principio de la famosa avenida en una zona conocida, entre otras cosas, por la gran afluencia de drogodependientes y prostitutas.

El contraste entre el esplendor de su nombre y la suciedad de las baldosas donde está impreso es sin duda el mejor reflejo de cómo el Hollywood clásico ha ido dando paso a uno nuevo con menos glamur, pero con más royalties y donde las estrellas de los más jóvenes ocupan las mejores zonas de la ciudad. «Hoy en día, si quieres ver estrellas lo mejor es que te vayas al planetario, porque esto se ha convertido en un Disneyland», asegura Francis Sean, que lleva más de veinte años «viendo cómo el brillo de los años dorados ha sido sustituido por la brillantina de todos estos tontos adolescentes». En su voz hay rencor pero también mucha cordura, por lo menos si uno se deja guiar por las tiendas de recuerdos. De hecho, de las siete tiendas de recuerdos que La Voz visitó para elaboración de este reportaje, en tan solo una de ellas se mostraba alguna foto de Elizabeth Taylor, mientras que el resto tenían en sus estanterías fotos de cantantes famosos, como Lady Gaga, o retratos de Obama. «Es que el Hollywood clásico ha muerto y ahora lo que se lleva es más bien todo que salga en MTV», sentencia Walter Ribera, un peruano que hace diez años dejó su Lima natal en busca del sueño americano y siguió el camino de baldosas amarillas que marcan los dólares verdes.

«Ya no hay secretos»

Oculto tras unas gafas de cristal oscuro, cuenta Walter que, como todo el mundo en Los Ángeles, también él cuando llegó «quería ser actor». En su lugar, este emigrante legal acabó triunfando en la industria del turismo. Junto a otro compatriota, Walter montó una empresa de guías turísticas que, por 35 dólares por persona y a bordo de una furgoneta, enseña a los foráneos las casas de los famosos. «Hace diez años, por ejemplo, la gente todavía te pedía que los acercaras a las mansiones de Robert Redford o de Paul Newman. Ahora lo que más nos piden es que los acerquemos a la casa de Tom Cruise para ver si es verdad que su mujer vive prisionera», asegura entre risas Walter, quien cree que el cambio se debe sobre todo «a que muchos de estos grandes actores ya no protagonizan películas». Pero para los comerciantes de la zona existe también otro culpable: «La cultura de Internet ha hecho un daño irreparable a los clásicos porque ahora todo pasa rápido, se consume a granel y no queda sitio para la exquisitez». Mike Hulks, el autor de estas palabras, sabe bien de qué habla. Su pequeña tienda de antigüedades, en pleno Hollywood Boulevard, es una de las pocas que permanecen vacías a las once de la mañana, y eso que en su interior sí se pueden encontrar pósteres y libros con la vida de la gata sobre el tejado de zinc.

Leyendas y egos

«El problema es que ahora la gente cree que en Internet puede tenerlo todo y encima gratis, por lo que a los tesoreros del pasado nos resulta casi imposible competir, puesto que ya no hay secretos que contar, las estrellas ya se encargan de airearlo todo». Dicen que Elizabeth Taylor siempre supo intuir que la leyenda de sus ojos violetas solo era más cierta siempre y cuando estos no se contemplaran de cerca. La actriz sostenía que la cercanía de los artistas con los fans restaba altura a las leyendas y engrandecía el ego de los internautas. Esta reticencia no impidió, sin embargo, que en sus últimos días la diosa de los ojos violeta, la mujer que prefería los diamantes a los hombres (decía que duraban más) y la gata que presumió de haber correteado salvajemente en todos los tejados, acabara abriéndose una cuenta en la famosa red social Twitter. En tan solo unos meses Taylor logró de hecho más 300.000 seguidores, un número solo comparable al que ostentan auténticas figuras cibernéticas como Sarah Palin o el también actor Ashtor Kuckcher. Ninguno de ellos fue a visitarla a su tumba.

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