Al dueño de Pepecillo le ilusiona ver cada vez más jóvenes en la sastrería, prácticamente única en Santiago, y dice que muchos americanos se llevan sus capas
15 jul 2020 . Actualizado a las 22:36 h.Si hay un hombre feliz bajo las estrellas ese es Ismael López, que tiene a sus espaldas un trozo vigente de la historia de Compostela bajo el rótulo de Pepecillo, grabado en la pared de la sastrería de Rúa Nova, 28, junto al año de inicio del negocio: 1923. Casi noventa años de vida. La primera tienda la abrió su padre en la rúa de San Pedro, 38, en donde vino al mundo Ismael. Sobre el enlosado de la rúa practicó el trompo, la estornela, el aro o el peletre con la panda infantil del barrio. «Había más amistad, más unión entre la gente, se compartían las cosas», evoca Ismael, que tras recibir un «educación muy esmerada» en los Hermanos se sumergió en el mundo de las telas.
El trabajo de la sastrería por entonces no lucía mucho. «No había estos tejidos actuales. Eran gruesos y había que andar con cuidado a la hora de plancharlos. Las telas de hoy son mejores, da gusto trabajar a mano este traje de alpaca», dice Ismael mientras acaricia la prenda a medio hacer, impecable, que descansa sobre la mesa. Detrás hay un conjunto de mucetas y togas, esas indumentarias que le dan un aire festivo a los paraninfos.
La que lucirá el rector en su toma de posesión salió de estas cuatro paredes: «Hacemos bastantes trajes académicos. En Galicia es prácticamente la única sastrería que los confecciona». Numerosos docentes de Santiago guardan la solemne vestimenta de Pepecillo, pero su buen hacer va adherido a muchas togas académicas repartidas por los campus españoles.
Junto a la puerta es difícil apartar la atención de una capa de altos vuelos, con un broche en forma de vieira y labor de pasamanería gallega: «Es curioso, pero muchos estadounidenses me encargan capas y se las envío allá». En Santiago hay ciudadanos que caminan con esta prenda secular y les sienta pintiparada, como primoroso ropaje del siglo XXI. Al otro lado de la puerta, en medio de una diversidad de indumentos, cuelgan dos o tres suntuosos chaqués: «Son muchos los novios que nos los piden, pero también los alquilamos». Las preferencias de los foráneos, sin embargo, van más por los esmókings.
Un joven traspasa la puerta y queda en volver por la tarde. Uno asocia los años, el acomodo y el clasicismo con la sastrería. Pues no: «Estoy encantado, porque viene mucha gente joven. Y suele traer una idea muy buena y muy clara de lo que quiere». ¿Visten bien los compostelanos? «Muy bien», responde sin asomo de duda Ismael. Y remacha el aserto: «Aquí hay bastante gente que tiene un gusto en el vestir propio y personal. Y luce unas prendas que da gusto verlas». Uno se alegra en ese momento de que no haya un espejo cerca que le devuelva un rostro ruboroso.
La artesanía se paga
Ismael reconoce que la alta costura que sale de Rúa Nova, 28, tiene su precio. Es hecha a mano, con tela de calidad y la artesanía se paga: «No es igual que hacer 25 trajes en una misma tirada». Lo cual no quiere decir que Ismael invierta todo el tiempo del mundo en tratar con amor el paño, agasajarlo y convertirlo en traje, porque el mercado exige rapidez. Ismael logra conjugar la agilidad del plazo con la puesta en mano de una prenda de corte exquisito. Las clases altas y medias son las que traspasan más a menudo el umbral de Rúa Nova, 28, y entre entre ellas se cuela a menudo el famoseo. El sastre evita dar nombres, aunque confiesa que «los políticos, de Galicia y de fuera de Galicia, son los que más se preocupan de vestir con elegancia». Y con el marbete de Pepecillo.
¿Tiene la gente paciencia mientras se toma las medidas? «La gente se porta muy bien. Y cuando está probando le gusta, se encuentra cómoda». Los rabudos son «casos muy excepcionales». ¿Qué puede decir Pepecillo del éxito de Zara?: «Hay clientela para todos».