104 años regateando a la jubilación

El Gobierno premia a una centenaria natural de Santiago que ha organizado cáterings como el de la boda de la infanta Elena y aún ahora sigue yendo todos los días a trabajar


Aquello del desastre de Cuba no le pilló por los pelos. En cambio, sí ha visto a Lenin luchar contra Stalin, dos guerras mundiales y una civil, la crisis de los misiles, cómo los dólares de Marshall esquivaban España, el parto de la ONU, al sida ascender, el derrumbe de la URSS, cuánto se multiplicaron los chinos, dónde quedaba la Luna, qué ágil anduvo Castro con su revolución, Vietnam en llamas, la descolonización de África, a Carrero volar... Todo eso ha vivido y, sin embargo, ahora igual que entonces, cada mañana continúa levantándose bien temprano, casi con la fresca, hacia las ocho, para, tras acicalarse, acudir «bien arreglada» a la oficina. Porque, olido el polen de 104 primaveras, esta mujer aún sigue currando. ¿Es que no piensa dejarlo nunca? Vía telefónica, desde la sede del grupo hostelero que posee en Sevilla, bromeando, responde en bajito: «¿Yo? ¡Pero cómo me voy a retirar ya a mi edad! Si es que no sirvo para otra cosa...». Por algo el Gobierno le va a entregar hoy la Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo. Se llama Pilar García Alonso y nació en la compostelana Rúa do Vilar, como ella gusta de apostillar, «justo al lado de esa catedral tan hermosa».

Siendo muy cría todavía, apenas cumplidos los dos años, de Santiago emigró a Madrid para luego recalar, ya a los 12, en la capital andaluza, donde con 18 contrajo matrimonio. «Nada más casarme -relata- volví a Compostela para conocer de verdad mi tierra. Además, regreso todos los jacobeos». A Galicia, no obstante, nada la ata actualmente, excepto un puñado de familiares que ni residen en la ciudad del Apóstol, sino entre murallas. «Tengo en Lugo algunos sobrinos que aún se preocupan por mí, pero no conservamos el contacto. Son ocho, siete con carrera», se apresura a aclarar.

De su padre, Cayetano García Carro, heredó en la villa hispalense el famoso Café de París, cuyo encargado en aquella época, el ya finado Eduardo Juliá, acabó convirtiéndose en esposo de la hija del jefe. De película. Ella titulada en Dirección de Empresas Turísticas y él un emprendedor nato, entre ambos hicieron de ese establecimiento el germen de un señor hólding de restauración. Mientras iban aumentando la descendencia, compraron y alquilaron locales e incluso naves, diversificaron sus actividades, se granjearon un prestigio allende las riberas del Guadalquivir e implantaron los servicios de cátering en un lugar donde jamás nadie había oído hablar de ellos.

Gracias a eso, por pionera, a Pilar le han confiado banquetes, galas y cócteles una serie de anfitriones de tal relevancia que ella, a lo largo de aquella su infancia bajo la lluvia de Compostela, jamás habría imaginado siquiera conocer y menos llegar a tratar. Por ejemplo, ha dado de comer a los 800 invitados a la boda de la infanta Elena (1995), al 85% de quienes visitaron la Expo 92, a la reina de Inglaterra durante una recepción brindada por Juan Carlos I y doña Sofía, a Noor de Jordania, a los comensales en el desposorio de Eugenia Martínez de Irujo y Francisco Rivera Ordóñez...

Cuenta el menor de sus tres vástagos, Rafael, que la mujer «seguirá dando caña hasta que aguante», a pesar de la vejez y los achaques, malditos achaques, que tan propios le son al ocaso de la vida. Antaño a pie y hoy ya sobre una silla de ruedas, «mi madre, a no ser por circunstancias de fuerza muy mayor, no ha faltado un día de su vida a trabajar. Y continúa viniendo jornada tras jornada. Ha cambiado un poco sus horarios, lógico, pero pasa aquí de diez y media a seis, aproximadamente», explica quien, de facto, se ha erigido en su sucesor al timón del Grupo Juliá, el garante de la saga. Acerca de las tareas que la anciana desempeña en estos momentos, el hijo concreta: «Se sienta al frente de la mesa en la zona de despachos, pide todos los libros de contabilidad y quiere gestionar la administración, el personal, la caja... Aunque desde hace un par de años lo del dinero nos la ha traspasado».

El 12 de octubre Pilar soplará 105 velas si hasta entonces le aguanta el corazón. Al lado de este, desde hoy podrá lucir una medalla, esa dorada al mérito en el tajo, de la que hace tiempo ya se hizo acreedora. Pilar, 104 años, que por los pelos se perdió aquello del desastre de Cuba, tiene ganada la gloria en el cielo.

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