«Mis perras me avisan cuando voy a tener un ataque epiléptico»

SALUD

MARCOS MÍGUEZ

La mejor vigilancia. Yani y Djebel avisan a Óscar cuando va a sufrir un coma diabético, un síncope o una convulsión epiléptica. «Me abrió la boca con los dientes para que respirara y que me sacaran la lengua»

26 may 2021 . Actualizado a las 09:14 h.

Quien tiene un amigo, tiene un tesoro. Pero en el caso de Óscar Prieto sus amigos más preciados tienen cuatro patas, y más que un tesoro son un seguro de vida. Porque sus dos perras dálmatas le salvan la vida constantemente. Y no es exageración. Los graves problemas de salud que tiene este coruñés lo han llevado a sufrir tres comas diabéticos a la semana, ataques epilépticos con bastante frecuencia en los que llega a convulsionar y síncopes de repetición, que le obligan a usar un desfibrilador que le da una descarga eléctrica para reanimar el corazón. Con este cuadro médico tan complejo, entre otros problemas más de salud, Yani y más tarde Djebel se han convertido en sus salvadoras. Porque cada vez que sufre uno de estos episodios, las perras comienzan a darle con la pata, a ladrar, a lametearlo y a ponerse muy nerviosas.

Esa es la señal inequívoca de alarma que le salva la vida. Es infalible. Y Óscar ya sabe cómo actuar. Primero se mira el nivel de glucosa, para comprobar si el problema es diabético. Si ve que lo tiene bien ya sabe que tiene que prepararse para otra cosa. Es entonces cuando coge el mando a distancia de su marcapasos por si va a sufrir un síncope -este año se quitó el que tenía con desfibrilador porque se le acabó la pila y está pendiente de ponerse uno nuevo -. En este caso, lo que tiene que hacer es pulsar el botón para que le dé una descarga que reactive su corazón. Pero como también puede sufrir un ataque epiléptico, echa mano del sacalenguas para extraer este músculo de su boca: «Las perras me avisan del coma diabético antes incluso que la máquina y con los ataques y síncopes también lo hacen justo antes de que suceda. Con lo cual, me da tiempo a reaccionar y a mí me da mucha tranquilidad».

EN EL HOSPITAL

No es de extrañar que estos dálmatas se paseen por los pasillos del hospital como perros por su casa: «Las dejan estar conmigo en la habitación cuando estoy ingresado». Porque para Óscar ellas son más fiables que cualquier aparato de última generación.

Todo empezó con Yani. Al poco de tenerla con él, Óscar detectó que la perra se ponía nerviosa cada vez que iba a sufrir una bajada de azúcar: «A mí me daban como tres comas diabéticos a la semana, más o menos. Y la perra al poco de comprarla, me detectó tres comas. La primera vez pensé que podía ser casualidad. La segunda dije: ‘Bueno, coincidiría', pero a la tercera ya me puse en contacto con los médicos que me hablaron de Octavio Villazala». Porque, efectivamente, Yani tenía esta cualidad natural, pero necesitaba un entrenador canino para perfeccionar su comportamiento. Fue así cómo conoció Montegatto, en Oza-Cesuras, donde recibió el adiestramiento preciso para darle el impulso a este animal tan especial. Y luego ya ella fue evolucionando a medida que los problemas de salud de Óscar empezaron a dar la cara.

EL PRIMER ATAQUE

«Un día estaba en casa y la perra se empezó a poner nerviosa, a darme con la pata, a ladrar y lametearme. Yo pensé que me detectaba una bajada de azúcar, pero empecé a convulsionar y los ojos se me pusieron en blanco. Ella comenzó a alertar a mi madre y a mi pareja, pero antes de que llegaran ya me abrió la boca con los dientes para que respirara porque me estaba asfixiando. Cuando llegaron mi madre y mi pareja ya se dieron cuenta, al tener la boca abierta, que tenía la lengua doblada y pudieron sacármela». Fue así como Óscar supo que su perra también le avisaba de los ataques epilépticos y que le acababa de salvar de la vida. Más tarde también descubrió que seguía ese mismo patrón con otros problemas: «Los últimos síncopes me dieron mientras estaba conduciendo y ya dejé de conducir. No tanto por mí, sino por los demás», reconoce este coruñés que a pesar de su aspecto tiene un 95 % de minusvalía: «Soy protésico dental e hice dos cursos de Odontología, pero lo tuve que dejar todo por mis problemas de salud».

A pesar de todo, confiesa que «el mayor regalo en la vida son sus perras». Ellas son su «seguro de vida»: «No las cambio por nada ni por nadie. Tengo vigilancia 24 horas con ellas».

Esta frase es literal porque Yani duerme con la cabeza puesta en su pecho: «Siempre está alerta. Me escucha el corazón mientras yo descanso por la noche y a nada que detecta que algo no va bien ya me despierta. Lo único que me da mucho calor, pero me compensa con creces. Ella está siempre conmigo y viene conmigo a todos lados. Incluso si voy en avión viaja en la cabina». Su unión es tal que, a pesar de que tiene ya ocho años, no se imagina la vida sin ella: «No lo quiero ni pensar. Un día se rompió una pierna y tuvieron que operarla. Pensé que se iba a quedar coja, pero menos mal que quedó muy bien».

Luego llegó Djebel. También otra perra dálmata porque Yani le había salido tan buena e inteligente que no se atrevió a cambiar de raza. Y poco a poco también fue viendo que la nueva perra iba imitando «por repetición» el comportamiento de la primera, aunque también recibió adiestramiento. Fue así cómo comprobó que cuando estaba solo con ella, también le avisaba de las bajadas de azúcar: «Me di cuenta de que hacía lo mismo con los ataques epilépticos, que tengo con bastante frecuencia, y de los síncopes me avisó de uno que estaba yo solo con ella. No he tenido más en los que estuviéramos los dos solos».

Con este sorprendente comportamiento no es de extrañar que siempre se sienta seguro con sus dos canes: «Me siento vivo gracias a ellas. Es como si tuviera un médico las 24 horas pendiente de mí. Para mí ellas han sido mi mejor inversión. Lo tengo clarísimo».

Óscar sabe que si ya no es muy habitual que un perro detecte las bajadas de azúcar de su dueño, mucho menos es que anuncie los otros problemas que padece: «Sé de otros perros que son capaces de detectar bajadas de azúcar, pero de ataques epilépticos y síncopes no conozco a ninguno. Solo a las mías. Y eso que estoy en contacto con mucha gente». No es de extrañar que las tengan un altar. No es para menos.