Florentino, Lopetegui, Rubiales, Hierro...


No podía acabar de otra forma. Un batacazo por encima de lo previsible. España abandonó Rusia por la puerta de atrás; invicta, sí, pero a toda prisa y sin despedirse, con la mala conciencia de haberle dispensado el peor de los tratos a los restos de una gloriosa generación. Arrancó con un entrenador accidental y finalizó con un siniestro total. Porque, en el fondo, no nos engañemos, Rusia pone un punto y aparte, abre un período de reflexión que va mucho más allá del estilo, del juego o del estado de unos jugadores cargados de partidos. España comenzó a quedar apeada antes de empezar. Pensar que un cambio de seleccionador a última hora no tendrá consecuencias era una temeridad, así que el fracaso no atribuible a que Koke o Iago Aspas no estuvieran acertados desde los once metros; esa ha sido la consecuencia lógica del desaguisado que montaron Florentino Pérez y Julen Lopetegui, y al que puso la firma Rubiales.

El presidente del Madrid tiene lo que quería, un entrenador, supuestamente, inmaculado, al que el Mundial no le ha pasado factura; Lopetegui cumplió su sueño, entrenar al Madrid; y Rubiales, muy propio de su pasado vehemente y poco reflexivo, transformó el pecado ajeno en una penitencia para todos: Fernando Hierro. El seleccionador accidental aceptó una misión para la que no estaba preparado, una osadía que le une al grupo de responsables. Quizá pueda ser un aceptable gestor de grupos o «un hombre de fútbol» -esa descripción con la que se pretende descalificar a quien no ha pisado un vestuario-, pero ha sido incapaz de levantar la moral de la tropa, y ha errado en los planteamientos y en las soluciones. Y además, lo ha justificado.

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