Milagro en el grupo B


Navidades a orillas de julio. España ha sido un catálogo de Toys ‘R’ Us. Pocas selecciones habrán pasado a octavos de final de un Mundial como primeros de grupo después de haber regalado cuatro goles en la primera fase. El ingenuo penalti de Nacho a Cristiano Ronaldo, la mano rota de David de Gea, la falta a última hora de Piqué ante Portugal y el error garrafal de Iniesta y Ramos frente a Marruecos. Cuadros para una galería digna del Prado. Si por megafonía del estadio ordenaran evacuar el campo porque hay un incendio en la grada, probablemente De Gea se quedaría bajo palos, dudando. Puede que tuviera que pedir el VAR para aclararse. La mejor parada para España en lo que va de Mundial ha sido la de Ali Beiranvand, el portero iraní que adivinó las intención de Cristiano en un lanzamiento desde los once metros. Los españoles han jugado a ser funambulistas. No dan miedo los rivales. Es España la que produce pánico. Está temerosa de sí misma, como si manejara nitroglicerina en cada partido. Hasta Fernando Hierro se atenaza con los cambios. La clasificación es un milagro de esos que antes solían ser esquivos con la selección, tantas veces en la cuneta con un resultado injusto y una nariz sangrante. El equipo cae en la parte menos ilustre del cuadro. Como se diría en la jerga automovilística, evita la zona sucia por la que teóricamente llegarán los coleccionistas de estrellas. Un reloj parado da la hora exacta dos veces al día. Maradona lamenta que Argentina no tenga la garra de Uruguay. La misma que le está faltando al conjunto de Hierro. Los optimistas se empeñan en recordar equipos que tomaron un camino glorioso a pesar de estrenos infames. La Francia titubeante que decepcionó ante Suiza y Corea del Sur y que perdió en la tanda de penaltis la final Mundial del 2006 ante Italia. O aquel Portugal arisco que empató con Islandia (sí, a Cristiano también le pasó), Austria y Hungría y que acabó llevándose la Eurocopa del 2016 en París ante los franceses. Al menos Marruecos provocó el sonrojo suficiente para que hubiera autocrítica, ausente tras el despropósito ante Irán. Pero sin agarrar el volante es imposible un cambio de sentido.

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