03 ago 2022 . Actualizado a las 16:05 h.

Mientras agarrados del brazo íbamos a la cita con nuestros amigos, ella me contaba, después de señalarle yo la incipiente luna llena en el ocaso de la tarde, que una vez en su país se había encontrado con un hombre transformado en lobo, que siempre andaba rodeado de una nube de inocentes niños que buscaban sus aullidos sólo para imitarle y convertirse en lobeznos. Yo, mientras tanto, iba retirando sus palabras de un manotazo como quien espanta moscas inoportunas, y pensaba en cómo puede haber personas que se crean semejantes paparruchas. Ella insistía, ya emocionada, a medio camino del encuentro, en aquella historia de ese hombre transformado en lobo que echaba al parecer brasas por la boca -imaginé que eran sus babas calientes como la lava de un volcán- y mientras nos allegábamos a la mesas donde ya vislumbra a mis amigos rodeados por una nube de niños que empujaban una pelota en caótico coro, algo en el ocaso de la tarde hizo que viese aquellas brasas en la tonalidad frambuesa que había tomado el cielo. Fue al parecer un resplandor venido de la mesa a la que nos dirigíamos, uno de mis amigos ardía a partir de la brasa que apretaba entre los labios, algo ígneo y combustible le había estallado en la colilla que sostenía en la boca y estaba empezando a estar envuelto en llamas, casi era como una pira humana que iba exhalando alaridos, mientras daba saltos antes de desplomarse y rodar por el suelo; mi amiga me apretó el brazo y a mí me entró miedo de aquellos gritos y no quise ya mirarla, señaló al bulto palpitante de mi amigo en el suelo y dijo: «ves, era un hombre lobo igualito a ese».

Juan Carlos Martínez. Funcionario. 60 años. A Coruña.