Un mundo sin lágrimas


Sacó con cuidado el ojo de la cuenca y lo sostuvo delicadamente, oprimiendo el iris verdoso entre el índice y el pulgar.

Millones de fotogramas microscópicos inundaron el aire, como estrellas en la atmósfera de un cosmos nebuloso.

Movidos por la ingravidez, los recuerdos más pesados se colocaron a la izquierda, siguiendo las leyes no escritas de la lógica multidimensional.

Con las manos en las sienes, el hombre encapuchado movió sutilmente los píxeles hasta que un holograma metálico se mostró ante él.

Una punzada de dolor invadió su pecho.

Allí, sentado en la oscuridad estaba Dani, y dormido en sus brazos, un gatito atigrado soñaba con la libertad.

El fragor de la memoria se abalanzó sobre él, como un tigre que, tras agazaparse entre las sombras, salta sin piedad sobre su presa.

Las imágenes se sucedieron, anunciando la llegada de un final inevitable.

Llovía.

Ella lo acercó a la ventana.

-Mamá -susurró-, quiero tocar el arcoíris.

Segundos después, cayó al vacío.

Los colores se difuminaron devolviéndolo al dolor agrio de aquel presente injusto.

Supo que era su única oportunidad.

Su rostro se contrajo de concentración en un gesto rápido.

Luego de una explosión atronadora, todo desapareció, y él supo, como quien tiene la certeza de algo incierto, que ella por fin podría olvidar.

Era una cama grande, de sábanas blancas.

Se quitó la capa y la tendió en el suelo.

La capucha descansaba sobre sus hombros.

Miró la hora.

7:00 a.m.

En unos minutos Alice despertaría y él volvería a ver la luz del amanecer en sus ojos de río.

Ella decía que en cada mirada que compartimos hay galaxias, y él deseaba para ella un mundo sin lágrimas.

Antía Salas Vega. Estudiante. 17 años. Santiago de Compostela.

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