Primeros pasos en un mundo nuevo


Necesitó ayuda para posarse en aquella superficie dura y desconocida. A través de todas las protecciones de su traje, especialmente diseñado para salir al exterior, pudo percibir el frío de la atmósfera y la potente luz de aquel sol que iluminaba todos aquellos hermosos y exóticos colores. Y se sintió feliz.

El primer paso fue un poco titubeante, intentando comprobar la estabilidad, tanto de aquella superficie desconocida como de sí misma. Pero el segundo ya fue más seguro. La respiración se le agitó con la emoción contenida, y no pudo evitar sonreír al iniciar su desplazamiento en aquel inexplorado mundo. Poco a poco sus pasos se aceleraron al ir adquiriendo seguridad y al dejarse llevar por la dicha de poder caminar por esa enorme superficie repleta de tantos elementos hermosos y misteriosos.

Mas, como diría el Dr. Sheldon Cooper, «¡oh gravedad, ramera despiadada!». El exceso de confianza en sus capacidades y su ansia por correr y sentirse libre la hicieron tropezar con algo y se encontró caída a cuatro patas sobre esa áspera y dura superficie.

No fue tanto el dolor en las rodillas y en las palmas de sus manos, que apenas lo sintió, merced a los guantes y a la protección de las rodilleras del traje, como la decepción por no haber sido capaz de mantenerse en pie ante todas las miradas que la observaban y, sobre todo, el grito de pánico que llegó a sus oídos, lo que la asustó realmente. Las lágrimas empezaron a empañar sus ojos y la angustia y el miedo comenzaron a invadir su mente. Y no hay nada peor que dejarse arrastrar por el pánico cuando uno inicia sus pasos en un nuevo mundo.

Pero entonces escuchó aquella voz familiar, grave y serena, que siempre conseguía tranquilizarla, diciéndole que no había pasado nada. Sintió las manos de Papa que la levantaban y la abrazaban y que, tras comprobar que estaba bien, la colocaban de nuevo en el suelo y, dándole una tierna caricia, le decían: «Ánimo cariño, vamos a intentarlo de nuevo». Y así, feliz una vez más, volvió a intentar dar sus primeros pasos por aquel hermoso y desconocido mundo exterior.

José Ignacio Ramos Calahorra. Médico. 55 años. Ferrol.

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