La ausencia no llama al entrar


Ernest Hemingway decía que lo único que nos separa de la muerte es el tiempo. Nuestro enemigo invisible tardó catorce años en tensar un lazo inquebrantable. Porque si bien es cierto que el perro es el mejor amigo del hombre, en ocasiones es también su única compañía. Mientras la familia iba y venía, él esperaba en la puerta. Vigilaba día y noche sin dejar de vivir en un constante locus amoenus la vida retirada en el campo. Durmiendo cobijado entre paja y corriendo por campos de hierba. Pequeño y deteriorado, pero siempre un buen cazador, cuya felicidad se basaba en salir a dar un paseo por el vecindario y pasar noches con su amante de pelo blanco y hocico respingón. Pero, por muy lejos que fuera, siempre volvía a casa. Era tan fiel a los suyos que, segundos antes de su último aliento, se despidió con ojos brillantes y sin dejar de mover el rabo. Fue el primero en aceptar que la muerte es ley de vida, pero mi sensación de vacío es inevitable. Por quien el abuelo preguntaba cada cinco minutos, ahora ya no responde. El pan y las galletas que le dejaba en la puerta, ahora se las comen los pájaros. Y la sombra que se ve por debajo de la puerta ya no es la suya, aunque él todavía no lo sepa. Pero a sus noventa y cuatro años, pocas noticias hay que tengan cabida en su mínima y pasajera lucidez. Lo cierto es que en más de una ocasión nos refugiamos en la mentira o intentamos evitar el tema, por lo que nunca supimos con exactitud si notaba más su presencia o su ausencia.

Cada día que pasaba asumíamos que en su cabeza todo seguía igual, hasta que un día nos vio desde la ventana llevar un centro de flores para el salón y, con ese sarcasmo tan propio suyo y una pícara sonrisa, nos dijo: «Aos vellos hai que matalos. Lévalle esas flores ao can, que esas flores valen moito».

Sara Millor Costas. Estudiante. 18 años. Pontevedra.

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