Pícnic


Era un espléndido viernes de otoño, con esa hermosa luz que caracteriza a esta estación y la tranquilidad que deja el regreso de los veraneantes a sus trabajos. «¡Qué paz y qué belleza!», se atrevió a pensar en alto Julia sin miedo a que algún paseante la tomara por loca al estar hablando sola. Tras haber pasado unos meses recuperándose de una operación y posterior quimio, asomándose ya el pelo nuevo y fuerte en su cabeza, daba gracias, todos los días, por estar viva. Cuánto se había quejado, antes de la enfermedad, por lo que ahora le parecían tonterías. Cada segundo en este mundo lo disfrutaba con una intensidad que muchos envidiarían.

El bosque por el que paseaba le ofrecía una paleta de colores que se le antojaba extraordinaria. Caminando, vio a una pareja enamorada que, por su apariencia, disfrutaba de un paseo tras su jornada laboral. Él iba de traje oscuro y corbata y ella vestía una alegre falda tableada de seda de color naranja y una blusa blanca ceñida al cuerpo. Un moño alto le daba un aire sofisticado. Se reían y besaban continuamente. «¿Serían amantes y adúlteros o serían pareja legal?». Qué retorcida era, esto no lo había arreglado su grave enfermedad. Aunque había sufrido muchos desamores, no debía pensar que el verdadero amor no existía. Se regañó a sí misma y desechó la teoría del adulterio.

Al cruzarse con ellos les dio los buenos días sonriendo y ellos le devolvieron la sonrisa y el saludo al unísono, tal era el grado de compenetración. Notó una pequeña punzada de envidia en su corazón -envidia sana, se consoló-, y siguió caminando por la arboleda. La temperatura era templada, cálida y una agradable brisa le acariciaba el rostro. De nuevo, experimentó placidez en su espíritu.

Al regreso, volvió a ver a la pareja. Esta vez, él tumbado sin moverse y ella, divertida, haciéndole fotografías al rostro muy de cerca. No quiso mirar más para no invadir su intimidad y prosiguió hacia donde había aparcado el coche. ¡Qué buen rato había pasado, la vida era realmente bella!

A la mañana siguiente, la prensa recogía la noticia en portada: «Homicidio sangriento. Aparece en un bosque el cadáver de un hombre degollado, vestido con traje y corbata, aún sin identificar».

Silvia Rodríguez Coladas, codirectora del pazo de La Saleta, 49 años, Meis.

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