Un viaje fantástico


Sí, fue muy especial un viaje que hice hace muchos años, cuyo recuerdo todavía me hace sonreír y soñar con el maravilloso y tranquilo valle donde se alzaba la escuela en la que inicié mi trabajo como maestra. Llevaba unos días sintiéndome mal y acabé por avisar al médico. Este, tras examinarme, miró con gesto serio a la señora de la casa donde me alojaba, en aquella mi primera escuela en la que comencé mi andadura como maestra, y le preguntó qué me había dado. Ella inició una retahíla de remedios caseros y él la atajó: apendicitis aguda. Hay que operar. ¡Ya! Él mismo llamó a mis padres para decirles que fuesen a buscarme para llevarme al hospital. Y justo aquí empieza mi viaje.

Era invierno y hacía rato que había oscurecido. Los dientes me repiqueteaban cuando me senté en la cama con los pies descalzos sobre la alfombra. Me dejé vestir y calzar. Permití que me envolvieran en una gruesa manta y que me acomodaran a lomos de un burro para poder recorrer el sendero que me acercaría a la carretera donde me esperaría mi padre con su coche. Qué largo el camino. Una mujer con un farolillo llevaba las riendas del animal que se tambaleaba y con cada movimiento me arrancaba un grito, un alarido, que resonaba en la fronda. Nos acompañaba una procesión de vecinos, también con luces, que apenas iluminaban la oscuridad que ocultaba el río. Me animaban cariñosos, pero yo gritaba cada vez más y mis ojos despedían fulgores hechos del sufrimiento que se agudizaba. Al llegar a la carretera vi a mi padre y mis gritos de dolor lo fueron también de alegría, pero bajarme del burro y acomodarme en la parte trasera del coche resultó una odisea.

Nunca entendí cómo mi padre pudo conducir hasta el hospital en medio de la noche, aturdido por mis gritos que se multiplicaban en cada curva del camino. Todo salió bien, gracias al médico y a su rápido diagnóstico. Aún hoy le doy las gracias con admiración, por su buen hacer, recorriendo kilómetros, a pie o a caballo, para cuidar la salud de sus vecinos, sin lamentarse y sin tener en cuenta las habladurías que ponían en duda su profesionalidad.

Antía Motenegro Criado, pensionista, A Coruña.

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