Doña Rosario


El miércoles 1 de septiembre del año 1965, veintiséis niños y niñas de once años esperábamos en el patio del colegio Santa María del Mar, del hermoso pueblo marinero de Candieira, el comienzo del curso. Aunque era nuevo en la villa, la espera de doña Rosario, profesora encargada de impartir la primera clase, no fue tensa. La camaradería con los compañeros hizo en mí más efecto que la tila que mi tía Matilde me hizo tomar antes de salir de casa.

A las nueve llegó doña Rosario, nos saludó con un buenos días en voz baja y, con una leve sonrisa, nos mandó entrar en el aula.

Doña Rosario de unos 30 años, delgada y alta, media melena, gafas ovaladas, zapatos marrones, falda larga de tablas de color gris, camisa también gris abrochada hasta el cuello, chaqueta marrón y con su cartera donde no faltaban aquellas postales de los chinitos de color sepia que de vez en cuando nos regalaba. Desde el primer día me impactó su método de impartir la clase. Su voz baja, su rostro serio pero al mismo tiempo inspirador de confianza y su media sonrisa, que nos regalaba para mostrar su satisfacción cuando no fallábamos en los afluentes del Guadalquivir. Sí, era solo media sonrisa pero nos llenaba como si de una carcajada se tratara.

Nunca conocimos el castigo con doña Rosario. Todos sabíamos, por la expresión de su cara, cuando se enfadaba. Tampoco nunca hizo distinción del listo y del que no lo era tanto. Cuando en el aula de al lado se sentía el ruido de regla contra mano, doña Rosario se ponía colorada como una brasa, mostrando así su vergüenza ajena.

A mediados de mayo, doña Rosario no dobló la esquina de la calle Chímparra que conducía al colegio. A la mañana siguiente se confirmó que había ingresado en una orden religiosa. Habríamos querido darle un abrazo de despedida, pero estábamos convencidos de que estaríamos muy presentes en su vida y sentiría emoción al recordarnos. La misma que yo siento después de más de medio siglo al escribir esta historia.

No he vuelto a ver a doña Rosario. Algún día espero darle un abrazo y mostrarle mi gratitud por saber inculcarnos los valores que ella atesoraba y que nosotros exhibimos con orgullo, ayudándonos en nuestro caminar.

Vicente Fernández Iglesias, prejubilado, 65 años, O Vicedo.

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