Abren un restaurante italiano en Sanxenxo para devolver a Galicia todo lo que les dio

Nieves D. Amil
nieves d. amil PONTEVEDRA / LA VOZ

SANXENXO

ADRIÁN BAÚLDE

Guiseppe Verniero cumple, de la mano de Salvatore Tavilla, el sueño que imaginó cuando pisó Silgar por primera vez

15 abr 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

Sorrento cierra en círculo en Sanxenxo, un círculo que Giuseppe Verniero empezó a dibujar hace once años cuando llegó a Galicia y pisó el paseo de Silgar por primera vez. En ese momento pensó que ojalá pudiera muy pronto inaugurar un restaurante italiano en la capital turística de las Rías Baixas. Y lo ha hecho. «Sanxenxo me enamoró cuando llegué, teníamos la espinita de abrir aquí, pero era muy difícil encontrar un local. La pandemia, que fue tan mala para tantas cosas, a nosotros nos dio la oportunidad de encontrar un bajo a nuestra medida con vistas a la playa de Silgar», reconoce Giuseppe, que con 33 años lleva desde los 12 años trabajando.

Frente a la playa, recuerda cómo fue ese primer día con una bandeja en la mano y todo lo que ha venido detrás hasta poder abrir un restaurante italiano en un lugar «soñado». «Mi padre, que era jefe de sala, tenía una comunión un domingo y necesitaba a alguien con urgencia, así que me despertó y me dijo ‘venga a trabajar’. Tenía 12 años, pero era ya muy alto y no parecía tan niño», recuerda Giuseppe sobre sus inicios como camarero de bodas, banquetes y comuniones en Nápoles. Así arrancó su amor por un sector que le ha llevado a recorrer el mundo con una bandeja en la mano y a recalar en Galicia de la mano de Salvatore Tavilla, un amigo de la infancia que es la otra mitad de Sorrento. «Salvatore es el freno y yo el acelerador, si no fuera por él ya me habría estampado», explica Verniero antes de empezar el servicio del Jueves Santo. Y recuerda a un antiguo jefe: «Siempre me decía, Giuseppe, tú siempre vas al límite». Ahora el contrapeso para lograr el equilibrio lo pone su socio.

De Grecia a Italia

Tavilla era hijo de pizzero en Napolés y desde que tenían cinco años compartían equipo y vida. «Yo estaba trabajando en Grecia cuando me llamó para que me viniese a Pontevedra, estaba trabajando aquí con Teo», rememora Giuseppe, que no lo dudó. Volvió a hacer la maleta y se instaló en Galicia. «Cuando el anterior dueño dejó el Mar e Monti, Salvatore y yo no teníamos un duro. Cobramos el paro en un único pago y lo invertimos ahí. El primer día que abrimos no teníamos ni cincuenta céntimos en la caja para dar la vuelta», comenta para explicar lo que supusieron esos comienzos.