Vino de Barrantes transformado en cuadros

El pintor Abel Barandela explora las cualidades artísticas del tinto en la elaboración de lienzos únicos


sanxenxo / la voz

Los cuadros de Abel Barandela (Ourense, 1972) son únicos. Su originalidad se revela, más allá de la destreza del artista con los pinceles -que también-, en el empleo del vino, principalmente tinto de Barrantes, como uno de los componentes de su gama de colores. Este ourensano afincado en Sanxenxo expuso por primera vez obras realizadas con vino en el 2006, y aún se sorprende hoy en día de la repercusión que han tenido sus producciones en los ámbitos culturales y sociales más variados. No es de extrañar: el vino le da a sus producciones una gama de matices especial, y esto, unido a su habilidad con la pintura, le ha abierto las puertas a múltiples salas y centros de exposición en toda Galicia. Solo este mes exhibe sus piezas en tres ciudades: Santiago, Vigo y Noia.

Abel explica que empezó a destacar en dibujo desde el colegio. «Todavía guardo algún diploma de los premios de pintura infantil de cuando era pequeño», relata. En el bachillerato escogió Dibujo técnico como especialidad, y cuando acabó sus estudios de secundaria aparcó la pintura por otras prioridades. Las musas lo volvieron a tentar en el 2006, y no se lo pensó dos veces. Se matriculó en el Centro de Arte de Sanxenxo y al finalizar el curso de ese año participó en una exposición colectiva con otros compañeros. Desde entonces ya no abandonó nunca más la pintura, que compagina con su trayectoria laboral.

Proceso de oxidación

Los cuadros con vino fueron una idea que se le ocurrió hace doce años. «Fue algo anecdótico», precisa. Resulta que un día estaba con unos amigos en una taberna. Sobre la mesa, como es habitual en O Salnés, un buen vino de Barrantes, y, después de la cena, Abel se fijó en las manchas que el vino había creado en el mantel. «Me llamó la atención el cambio de color de las manchas por la oxidación del vino, y me puse a dar vueltas a la cabeza para ver si se podrían aprovechar para pintar». Ese fue el principio básico de una idea que aún tenía que madurar.

Tuvo que vencer varias dificultades, entre ellas que no tenía ningún maestro a quien acudir. Nadie usaba el vino para pintar, hasta donde él sabía. Luego estaba el problema de que no todos los vinos valen. Descartó los blancos, porque el tinte que ofrecían los posos de esta clase de caldos tenía unos matices demasiado claros y poco útiles. El tinto, sobre todo el Barrantes, resultó ser mucho más prometedor. Eso sí, no vale con pintar solo con él: «El vino es un producto orgánico, y con el tiempo perece y desaparece», sostiene.

Así que optó por otra solución. «Empecé a trabajar con pinturas acrílicas y acuarelas, mezclándolas con el poso del vino». El empleo de los restos pegajosos de los posos y su posterior oxidación fueron la clave. «El óxido es el color natural del pigmento, y el resultado final es la tonalidad sepia, que recuerda a las fotografías antiguas; una vez seco, se trata con una goma laca y látex concentrado», apunta. El resultado son cuadros permanentes, con una textura exclusiva y que se han convertido en la marca de autor de Barandela, el elemento que define su arte.

Preferencia por caldos gallegos

La primera exposición que este artista ourensano realizó fue en el municipio lucense de Friol. «Me sorprendió mucho la repercusión que tuvo, porque vinieron de la prensa y de dos programas de televisión», apunta. El éxito de esta primera vez «me hizo cargar las pilas y sacar más provecho a la técnica con vino». Con un empleo cada vez más perfeccionado, la fama de Barandela empezó a dar la vuelta a España.

«Hay algunas bodegas de fuera de Galicia que me han mandado sus vinos para probar en los cuadros», incide. De esta forma, también ha realizado producciones artísticas con tintos de denominación de origen Rioja y de Ribera del Duero. El resultado fue bueno, pero Barandela se inclina más por el Barrantes «por cercanía y porque dispongo de él más fácilmente, y me gusta trabajar con comodidad».

La producción pictórica de Abel ha ido evolucionando con los años. Al principio, la temática era de vendimia y escenas de taberna; con los años, ya se atrevió a muchas más cosas. «Me gustan mucho los cascos urbanos, como Santiago, que tienen mucha salida comercial, y las escenas costumbristas y los coches y motos de los años setenta y ochenta», apunta. Cuadros suyos cuelgan en casas y negocios de media Galicia, e incluso una de sus obras se la regalaron en Sanxenxo al rey emérito Juan Carlos I.

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