A Florida: el paraíso de Pardo Bazán

En venta la casa de verano de la escritora, una vivienda mimada por cinco generaciones de los marqueses de Llano


sanxenxo / la voz

El paraíso se encuentra en Sanxenxo y A Florida es su particular jardín del Edén. O al menos así le pareció a la escritora Emilia Pardo Bazán cuando en el siglo XIX buscaba una casa para pasar el verano. La vio, se enamoró de ella y la adquirió cuando, por aquel entonces, era un balcón natural a la ría desde el que se contemplaba una villa de casas bajas y encaladas, y de pequeños barcos de bajura en el mar. Tras pasar al duque de Terranova, la compraron en 1954 Hipólito González-Parrado y su mujer Natividad de Velasco Alderete, marqueses de Llano. Y tan prendada quedó esta familia de esta vivienda que desde entonces han disfrutado de la casa y su jardín cinco generaciones. Hace unos meses saltó la noticia a través del portal inmobiliario de la agencia Javier Tovar. La casa de A Florida está en venta y con ella, un pedacito de la historia reciente de Galicia.

Los hermanos Andrada, nietos de Hipólito y Natividad, explican la especial vinculación de su familia con este edificio, cuyos orígenes se remontan al siglo XVIII cuando formaba parte del pazo de Miraflores. Los dos madrileños llevaban varios veranos alojados en el hotel Terraza. Sanxenxo les entusiasmaba, pero querían algo más: una casa. Fue entonces cuando la antigua vivienda estival de Pardo Bazán ganó su corazón. «Se enamoraron de esta casa», relatan sus nietas. Pese a que ha pasado un siglo, en el comedor todavía se preservan varios muebles que colocó allí la famosa escritora. Hay quien dice, incluso, que fue en A Florida donde Pardo Bazán escribió alguna de sus obras, quizás Los Pazos de Ulloa.

Inspiración para un artista

A la muerte de Hipólito y Natividad, la propiedad pasó a su hija María Luz González-Parrado, que fue la encargada de mantener el legado familiar y realzar, si cabe, la belleza de aquel inmueble. Ella fue el alma de la casa, a la que mimó y a la que le gustaba volver siempre que podía.

Al enseñar el jardín que mira al mar, sus hijas señalan los altos árboles que rodean el cierre perimetral de piedra. Explican que fue su madre quien quiso poner los árboles allí, según los bloques de edificios iban tapando la vista del mar. Y es que la casa de A Florida ya no está rodeada de maizales y huertos, sino que se haya integrada en el centro urbano de la capital turística. Eso sí, como por milagro, todavía se puede percibir desde el jardín un poco de mar, un reflejo de lo que fue en su día.

Ramón Andrada, marido de María Luz, era arquitecto, acuarelista y académico de las Bellas Artes. Le gustaba pintar las hortensias que crecían en el jardín. De esta manera A Florida hizo honor a su nombre y sus flores quedaron inmortalizadas en docenas de pinturas.

María Luz falleció hace un año, con el deseo de que su casa tuviese un fin cultural. Ese fue su sueño. El tiempo dirá si se cumple

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