Sauro Martínez, a bordo del Elcano en medio de un ciclón

El marino sanxenxino estaba embarcado en el buque escuela cuando el temporal los atrapó en el Pacífico


sanxenxo / la voz

A sus 17 años, como cabo primero de la Armada de maniobra y navegación, Sauro Martínez, actual patrón mayor de Sanxenxo, recuerda grabado a fuego una de las experiencias más asombrosas para un marino. Se trata ni más ni menos que encontrarse en un barco a vela en medio de un ciclón en el océano Pacífico y quedar a su merced varios días hasta que el temporal se calmó y lograron llegar a tierra en Tahití. Si ya es raro de por sí navegar en un barco de vela, todavía más lo es que este ciclón hubiese sorprendido al Juan Sebastián de Elcano, el buque escuela de la Armada española, en el que se encontraba embarcado Martínez, en el viaje de instrucción de los guardiamarinas, que realizó en aquella ocasión, de 1987 a 1988, la circunnavegación del mundo.

Dos eran los sanxenxinos de aquella dotación formada por 113 personas, entre guardiamarinas, mandos y marinería. El otro se llamaba José, cabo primero de máquinas. Sauro Martínez recuerda como embarcó en España y juró bandera en el Mar Rojo, a bordo del Elcano. Su trabajo era ser gaviero, que consistía, entre otras cosas, «subir al palo del mayor proel, que era el mío, a 42 metros de altura para desplegar las velas como la mayor del proel». También le tocó hacerlo con la escandalosa, otra vela, a gran altura a la que se subía en aquella época por una jarcia sin cinto, algo impensable en la actualidad.

Recuerda que en aquel periplo alrededor del mundo, la experiencia en el Pacífico fue la más traumática para el barco, si bien los tripulantes no eran conscientes de todo el peligro que pasaban, ya que los mandos del buque solo se lo contaron cuando lograron desembarazarse del ciclón.

Un fallo en la cadena de transmisión de partes meteorológicos, que le correspondía a las autoridades de Tahití, dejó al Elcano a la merced de un ciclón que, por inesperado, les llevó a una situación de extremo peligro. El buque escuela de la Armada se quedó, literalmente, dentro de la espiral de este terrible fenómeno atmosférico, que tantos buques ha lanzado al fondo del mar durante siglos. El Elcano fue más afortunado, pero no por eso la aventura fue menor.

Sin advertencia meteorológica

«Lo habitual de aquella era que el puerto al cual te recibe o vas te mande el parte meteorológico, pero al no advertir de la aproximación del ciclón, nos encontramos a la deriva durante cinco días». Fue una situación insólita. «Nadie paraba a bordo, ni yo ni mis compañeros sabíamos lo que pasaba», recuerda. El Elcano solo pudo capear, «como se podía». Navegó «escorado con una escora enorme, encogidas las velas, en lo que se denomina en el argot velero en cuarta faja, que es la más baja para que no rompan, olas gigantes, mucho más grandes que el barco, calculadas en doce o trece metros de altura». Sauro recuerda que las olas «barrían el barco de proa a popa», el mar entraba y salía de una forma «terrible».

Precisa que «al término de salir de este ciclón nos comunicaron lo que había pasado» y era ni más ni menos que «no nos habían mandado la información de meteo del puerto de arribada y que habíamos pasado por un ciclón». Puntualiza: «Estuvimos dentro de una de las espirales del ciclón, no dentro, porque dentro del agujero es calma y no habría habido problema».

«No tengo ni idea de a qué velocidad iba el viento, de aquella tenía 17 años y si fuera hoy no lo habría pasado igual», concreta. «A la edad que tenía no hay mucha experiencia, y aunque miedos sí había, también había confianza en los mandos». Aparte de pequeñas experiencias con su padre, esta circunnavegación del mundo, fue su primer periplo en alta mar. Y el viaje no le defraudó, pasó por cosas que marinos más experimentados tardan años en vivir y un ciclón pocos lo han atravesado. «Nunca se te olvida», comenta.

En aquel viaje, el Elcano pasó por el ciclón capeando el temporal, «aguantar el mal tiempo aprobado, ese es el nombre técnico de lo que se hizo durante cinco días». El motor que tenía el buque escuela era de 500 caballos, con 50 años de antigüedad, «que apenas en punta máxima daba cinco nudos», rememora. Se dependía de las velas para navegar.

Mientras duró la ordalía, Sauro recuerda que apenas durmió algo. «En esos cinco días, dormí poquito debido a la escora, calculada de 20 a 25 grados», relata. «Te tiras en la cama, pero no lograbas dormir casi nada», aclara. ¿Y la comida? «Raciones frías porque se cierra la cocina, cae todo y lo que se podía preparar solo eran bocadillos, que es lo que llamamos raciones frías».

¿Temió por su vida? «No, tenías tus dudas, pero crees que vas en buenas manos, pero al final descubrimos que ellos mismos estaban inseguros, lo supimos al término de la navegación», recalca. En una gran medida, la arribada a salvo se debió al comandante del barco, Manuel Portal Antón, «un hombre intachable», que ascendió a almirante.

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