Cuatro décadas luchando contra todas las aguas

Ignacio García Dobarro, con 56 años, es de los pocos piragüistas con podio en todas las modalidades


pontevedra / la voz

Ignacio García Dobarro habla siempre muy tranquilo. Resulta complicado imaginarlo gestionando con nervios una crisis o desbordado por un imprevisto. Posiblemente esos nervios de acero tengan mucho que ver con que acabe de cumplir (en julio) cuarenta años a bordo de una piragua, y que sea de los pocos deportistas españoles que haya hecho podio -gallego, nacional, europeo o mundial- en todas las categorías de piragüismo. Y eso que no le gustaban el deporte.

Tenía 15 años cuando amigo que ya disfrutaba del remo lo invitó a ir con él una competición. Dice que por eso recuerda siempre cuándo empezó a practicarlo. Era San Benito, y nada más verlo se enamoró. La combinación del deporte con la naturaleza le conquistó entonces y sigue haciéndolo hoy, con 56 años. Ni pequeños accidentes, ni lesiones, ni el paso del tiempo o la familia -siempre presume del apoyo que recibe de su mujer: «Aguantarnos no es fácil», confiesa- han conseguido apartarlo de las piraguas.

Al día siguiente del torneo fue a apuntarse al Club Naval y comenzó una trayectoria llena de aventuras. Las cuenta todas como si fueran habituales, centrándose en la escuela de surfski que van a poner en marcha él y su compañero de aventuras de la última década, Carlos Besada, en Sanxenxo, el Center Sipre Náutico de Portonovo.

Cuando Ignacio empezó solo se competía en kayak. Logró podio en K-1, K-2 y K-4, y cuando apareció la canoa, se lanzó a probarla y exprimirla, y la convirtió en la modalidad en la que más años, y veces, registró su nombre. Ya inmersos en el maratón y con un cuarto puesto en su primer mundial en esta categoría -en Murcia en 1995- y un bronce en el siguiente, en Portugal ese mismo año, Darío Buceta y él concentraron todas sus energías y esperanzas en el siguiente, el de Suecia. García Dobarro había sido nombrado deportista de élite y habían decidido ganar el sueco, el de Sudáfrica que se celebraba el año siguiente y retirarse.

Retirada dolorosa

El pontevedrés compatibilizaba su faceta deportiva con la profesional -es administrativo en una gestoría- y la familiar y, a sus 35 años, se había ganado ya un respiro. Pero las cosas se torcieron poco antes. Lo exigente del piragüismo le había pasado factura antes de lo previsto, y una tendinitis de supraespinoso le hacía ver las estrellas cada vez que el músculo quedaba mordido entre los huesos.

Aún así, tan cerca ya de Suecia, no quiso renunciar al mundial. Empezaron bien, pero la lesión estuvo presente durante toda la prueba y acabaron décimos. No se rindieron. Poco después se disputaba el del Bélgica y se inscribieron. Por entonces era un deporte que no estaba tan aceptado y practicado como hoy en día, cuando Galicia es un referente mundial, y se pagaban todo de su bolsillo. Así que se infiltró y tomó la salida en Suecia. Tuvo suerte. «Los maratones de ahora son de 30 kilómetros, pero antes eran de cuarenta, y a mí una hora y tres cuartos me aguantaba el hombro, después ya no. En Suecia tuvimos la suerte de coger un río muy caudaloso, así que bajamos a toda pastilla y tardamos una hora y 40 minutos. Solo me empezó a molestar el hombro a dos kilómetros del final. Eso sí, cuando llegué a casa estaba destrozado, no podía ni moverme del dolor», recuerda.

Entonces sí. Llegó el momento de no retorno. Con el hombro en ese estado los médicos le advirtieron de que la única solución pasaba por el quirófano. No podía seguir compitiendo en esas circunstancias. Ignacio tenía claro que no quería cirugía y dejó el piragüismo.

Con el cuerpo y la cabeza hechos al deporte de alto rendimiento, engañó a ambos con el atletismo. Se unió a la Sociedad Gimnástica y comenzó a correr. Así dejaba descansar el tronco superior. Y este, sin más agradecimientos, poco a poco, le devolvió el esfuerzo con una recuperación que en cuestión de unos años le permitió volver al K-1, aunque de una forma tranquila. Que volviese a la competición fue una cuestión de tiempo.

También lo fue que descubriese una nueva modalidad, todavía en ciernes, de piragüismo y se lanzase de cabeza a por ella. Fue como volver a revivir aquel primer día, el previo a convertirse en piragüista. El surfski tiene el plus de hacerse en el mar. Al principio, con embarcaciones más anchas y estables; más tarde, en las de competición. Tiene su riesgo, lo sabe bien. Todavía hace esfuerzos por olvidar aquella hora y pico que pasó en el agua por no haber tomado las medidas de precaución adecuadas. Un exceso de confianza y de suerte lo llevó a salir solo y sin neopreno, y el mar le dio una lección. Salió bien de aquella, pero desde entonces no pierde ocasión de recordar que el deporte especialmente debe hacerse con cabeza, y que una piragua de colores vivos es siempre mejor que una oscura para que, llegado el caso, te vea un pescador que te salve de la hipotermia, como le ocurrió a él, por ejemplo. Y no le gusta pensar en el ello porque el piragüismo no es eso. Es otra cosa.

Es naturaleza. Es competición, superación y aventura. Es su vida, la que exprime cada día y lo mantiene arriba, en su podio.

 

 

surfski

El Center Sipre Náutico de Portonovo será la primera base gallega de kayak de mar especializada en surfski. Quieren crear una escuela con todas las categorías posibles, desde iniciación hasta profesional, pasando por dificultades media y alta, y en el futuro, abrirse a la competición. Ya cuentan con los permisos, ahora solo queda ponerlos en práctica. Y para eso hace falta tiempo.

 

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