El laboratorio Castrexo de Liñares, en Lalín, funciona como un CSI del pasado provincial


Lalín / La Voz

Lalín alberga en el pazo de Liñares un verdadero CSI, integrado por cinco profesionales que bajo la coordinación del arqueólogo de la Diputación de Pontevedra, Rafael Rodríguez, escrutan cada día el pasado de la provincia. Son el capital humano del Centro de Xestión do Coñecemento Arqueolóxico que comenzó a trabajar hace unos meses en el emblemático edificio de propiedad municipal. «Só dous almacéns en Galicia, o do Museo Arqueolóxico de Ourense e este, teñen estas condicións de control de humidade e temperatura para as pezas catalogadas», señalaba ayer Rodríguez en la visita al centro de Carmela Silva y Santos Héctor, junto al alcalde de Lalín, Rafael Cuíña, y el teniente de alcalde, González Casares.

Es importante disponer de estas condiciones, en un centro de gestión que alberga ya cerca de 200.000 piezas, procedentes de excavaciones arqueológicas en 18 castros de la provincia. Aquí llegan para someterse a un exhaustivo estudio y catalogación, hasta guardarlas en expectativa de destino. Porque el centro de Liñares no cierra el periplo de los objetos que nos hablan de cómo éramos los pontevedreses hace cientos de años. Más allá de exposiciones temporales que se puedan realizar en las propias instalaciones lalinenses, y de que se determine con la Dirección Xeral de Patrimonio cuál será el tiempo de permanencia de los hallazgos, estos se trasladarán luego fundamentalmente al Museo de Pontevedra. Aunque es probable que concellos donde fueron halladas piezas las reclamen para sus propios museos, como sucede con las del Mercado dos Mouros de Valga. Forman uno de los conjuntos almacenados en el pazo de Liñares, junto a unas 20.000 piezas aparecidas en Castro Alobre, en Santa Trega o A Lanzada. La próxima semana, el centro espera poder aportar los resultados de datación de los restos humanos de Cornelia y el primero de los bebés encontrado en Sanxenxo.

Una pelota de golf rusa

No precisan para datar otro objeto que puede verse entre los restos de A Lanzada: una pelota de golf de un resort de San Petersburgo. Rodríguez lo explicaba: «Recóllese todo o material aparecido na escavación arqueolóxica. Esta pelota pode ser dalgún turista ruso que pasou por alí hai quince ou vinte anos».

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